23 libros para el 23 de abril

Con la muerte de García Márquez la semana pasada, me he quedado pensando en cómo me ha influenciado su manera de escribir. No sólo en cómo escribo yo, sino en cómo veo las cosas y en cómo leo las obras que caen en mis manos. En cómo me tomo la contraportada de los libros antes de decidir si los compro o no.

En eso estaba cuando me di cuenta que el 23 de abril es el día del libro, y que nunca mejor fecha para compartir esas lecturas que me han marcado, por un motivo u otro. Empezando por el propio García Márquez, y sin olvidar los libros de niñez, en total desorden y sin jerarquía:

Relato de un náufrago, de García Márquez. La semana pasada hice una breve descripción, así que no me voy a repetir.

Pirómides, de Terry Pratchett. En realidad todos los del Mundodisco, pero como yo empecé por este, pues os sugiero al resto que hagáis lo mismo. Un libro desternillante.

Chis y Garabís, de Paloma Bordons. Hasta que descubrí a Pratchett, el libro que más me ha hecho reír en mi vida. No os dejéis engañar, no es sólo para niños.

Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell. Un claro ejemplo de “prefiero el libro” pese a que es mi película favorita y a que la he visto 5 veces en 3 idiomas diferentes.

El Superzorro, de Roal Dahl. Noches de insomnio infantil con este personaje que me inculcó el amor por los animales. A veces miro a Accidente y me acuerdo de él.

La tormenta, de William Shakespeare. Si quisiera tirarme el moco diría Hamlet. O El Rey Lear, cuya versión breve y en gallego de Galaxia me encantó. Pero si nunca has leído a Shakespeare, hay que empezar por este.

El pirata Garrapata, de Juan Muñoz Martín. Treinta años después aún estoy tentada de ponerle Floripondia a mi hija. También recomiendo Fray Perico y su borrico.

Farenheit 451, de Ray Bradbury. A leer junto con 1984 de George Orwell y Un Mundo Feliz de Aldous Huxley. Lecturas obligadas. Sin discusión.

Lenka, de Jan Prochazka. Un libro esencial sobre la adolescencia incómoda. Hoy por hoy difícil de encontrar, mi primer contacto con la cultura de uno de mis países favoritos: la República Checa.

Táctica y Estrategia, de Mario Benedetti. Por decir uno. Y cuando hayáis acabado los libros de Mario, siempre podéis empezar los de Idea Vilariño. El día que compararon mi poesía con la de ellos dos, me eché a llorar.

El abrigo verde, de María Gripe. Decir que en mi armario siempre hay un chaquetón verde desde entonces. El ciclo de Las Sombras, de esta autora, también merece la pena.

Las noches difíciles, de Dino Buzzatti. Me encanta la sutileza de este autor, cómo conjuga lo agrio y lo dulce con la vanidad del hombre y la volatilidad del tiempo.

El perfume, de Patrick Süskind. Un libro que tomé prestado en la biblioteca de mi residencia universitaria porque no podía dormir y que me mantuvo despierta hasta el amanecer.

El último encuentro, de Sándor Márai. Impresionante. Una pluma que apabulla al lector y descuartiza personajes. Podéis leer más aquí.

El principito, de Saint-Exupery. Una filosofía de vida. Un espejo del dolor y la esperanza que mantienen los niños que nunca dejaremos de ser.

El corazón del océano, de Elvira Lindo. Un libro con el que aprendí que las mujeres sabían escribir, capitanear y hasta mandar. Con el que inicié mi grande y fructuosa carrera de dramaturga a los doce años; todavía en curso.

Ana Karenina, de Leon Tolstoi. Lo leí con 14 años. Cuando lo digo, la gente me mira como si fuese de otro planeta. Quizá. Planeta Literatura, el exoplaneta más poblado del Multiverso.

Y si hablamos de Ana Karenina, entonces, La Regenta, de Leopoldo Alas Clarín. Para los más vagos, existe una serie con Carmelo Gómez y Aitana Sánchez Gijón, con guión de Méndez Leite.

Rimas y Leyendas, de Gustavo Adolfo Bécquer. Nuestra profesora de EGB, ese sistema utópico de enseñanza, nos leía dos o tres rimas por día. La leyenda del organista o la del caballero que vuelve de la muerte, todavía me dan pesadillas.

Amadís de Gaula, en la versión de Garci de Montalvo y en castellano antiguo. Confieso que nunca he podido terminar el Quijote. Pero éste lo leí del tirón. Quizás soy más Alonso que Cervantes.

También en castellano antiguo, la Celestina, de Fernando de Rojas. Un seudónimo del que estoy segura de que oculta una mujer. Un hombre no puede ser tan pérfido (mwahaha)

Terminaré con dos libros de no-ficción, recomendados por mi profesor de Relaciones Internacionales (tenía razón):

Diplomacia de Henry Kissinger. Un libro tan intenso que terminarlo me costó tres días de fiebre y miles de horas de darle cosas a mis vueltas.

El gran tablero mundial, de Zbigniew Brzezinski. Sólo os diré que la clave está en Ucrania.

Echando cuentas, me dan algo más de 23. Y podemos seguir, aún hay más en la biblioteca de Alejandría.