Adiós Chavela

El último trago: a la irlandesa

Hace unas semanas se nos fue Chavela Vargas. Este post no es para decir qué grande era o lo mucho que aportó a la música. Para eso hay expertos cronistas, además de telerrealidades, telefilmes y demás variedades de la caja tonta. Por eso también he esperado algún tiempo antes de publicar esto, a que se frene el maremágnum beatificador de los muertos omniscientes.

Tampoco os voy a contar que la adoraba o que soy su fan número uno. Nunca he sido fan de nadie y soy genéticamente incapaz de adorar a alguien que no conozco personalmente. Sin embargo, me gusta mucho la tradición irlandesa de contar cosas sobre el muerto. Sobre cómo era o sobre cómo influyó en los demás.

Como sabéis, soy actriz aficionada y, aparte de otras cosas, he actuado en dos obras distintas usando la lengua de Voltaire. En la primera, antes de entrar en escena, mi director, Matthieu Tuffreau, me pidió que me desgañitara en español, jurando y maldiciendo. Eso serviría para que los espectadores asumieran que iban a escuchar un acento, reduciendo el choque cultural. El efecto fue tan bueno, que el público, que no me conocía personalmente, murmuraba “qué bien imita el acento español esta chica”.

Haciendo teatro con las letras de Chavela Vargas

Me quedé con la lección, y en la siguiente obra hice algo parecido. Mi escena comienza con Luz de Luna de Chavela Vargas. Y sí, el texto y la canción tienen que ver. Suena la música y canto. Primero en playback, cantando con Chavela, y luego yo sola a capella. Por unos segundos el tiempo se detiene y los espectadores entran en mi mundo, como si se hubieran tragado un intérprete de la ONU, introducido un joomfish en su oreja y la torre de Babel no fuera una quimera. Yo les narro mi tristeza en francés con mi acento español y ellos me siguen embobados, con las notas de la guitarra aún en la cabeza.

Si no fuese por Chavela…

Dónde esté usted, macorina, un abrazo, un tequila y mucha luz de luna.