Amanece llorando en Yugoslavia

Marae atraviesa llorando la ciudad de la Luz tras los atentados del trece de noviembre de 2015. 

Algo ha cambiado. Quizás sea que el estado de urgencia ha entrado en la gente,, quizás que el 13-N nos hemos despertado todos de golpe, a las diez de la noche, y la pesadilla seguía ahí.

Hoy, 16 de noviembre, con el corazón encogido he tomado un taxi a las 6 de la mañana. El conductor me ha cogido la maleta y se le han caído unas monedas a las que no ha hecho caso. Ninguno de los dos hablamos en todo el trayecto. La radio no está puesta. Silencio.

Llego a la estación. Hay soldados vestidos de kaki con la visera roja. El monumento a los muertos de las guerras mundiales tiene flores nuevas, del miércoles pasado. El tren tarda más de lo previsto en salir en pantalla, pero nadie protesta. Todavía no ha amanecido. En el andén los viajeros se pegan a los otros, en pequeños grupos. Nadie habla.

Duermo las dos horas que me separan de París.

Casi llorando

Atravieso la puerta del metro. La una enfrente de la otra, la que vende joyas y la que vende doritos, llevan el pelo teñido del mismo color, pero pertenecen a universos diferentes. Sigo por el pasillo. La tienda de flores está cerrada. Todo va tan despacio que ni siquiera resuenan las ruedas de la maleta en el pavimento. En uno de los túneles nos agrupamos alrededor de los cuatro policías y sus rifles de asalto. Los rodeamos nosotros a ellos, caminando con paso de funeral.

Son las nueve y media y el metro está casi vacío. Entro y me dejo caer en un asiento. No se oye una mosca.

En Les Halles se me encoge el corazón un poco más. En Strasbourg Saint Denis la gente ha pegado post it de colores con corazones y mensajes de paz.

Enfrente de mí hay una pelirroja que dibuja en tinta negra sobre un trozo de papel. Lleva un pañuelo de Hermés gris, anudado al cuello con mucho estilo. Está llorando. Está llorando a la parisina, sin lágrimas ni suspiros. Un colega suyo se sienta a su lado. Ella le pregunta dónde estaba el viernes. Lejos. Ella le cuenta cómo la ciudad estaba asediada y cómo en su barrio había tiradores de élite apostados en los tejados. Me fijo en ellos. Aparte del pañuelo, van vestidos de negro riguroso. Su grupo, unos metros más allá, también va de negro de la cabeza a los pies.

Salvo un par de estudiantes y yo misma, todo el vagón va vestido de luto. Reina el silencio

París es un funeral, Ernest.