Caminando sola

Ideas de Marae

Un sábado por la noche, tras una cena asquerosa donde nadie acabó su plato, de malo que era el restaurante, necesitaba caminar y volví sola a casa. A pata. Cuarenta minutos de nada, pensé.

La próxima vez que se me ocurra pensar, por favor recuérdenme que soy mujer, joven y que he sido rubia durante algún tiempo. Demasiado….

La verdad es que pasé miedo. No ese miedo sibilino que te incita a la precaución, sino miedo de sudar, el que te atenaza la garganta y te hace caminar más rápido de lo que realmente puedes.

Marae Croft

Para empezar, los dos tipos que me seguían (o eso parecía), pero al revés, ralentizando su paso para ver si los adelantaba y mirando con descaro hacia atrás. Me parecía raro, pero hasta que los adelantaron unas chicas ni cuenta me di ¡estaban caminando despacio a propósito!  Haciendo la quince catorce, los despisté y tiré por otro lado. Dejé la avenida principal y me metí por una calle donde reinaba un silencio de plomo. Resulta curioso no escuchar nada en una calle de mucha circulación. Desestabiliza.

See You in Your Dreams...
See You in Your Dreams… (Photo credit: Tasayu Tasnaphun)

Pesadilla en Cemetery Street

De repente me fijé y… la lavandería, que cierra a las 20h, estaba abierta de par en par y a oscuras. ¡A las 23! Pensé en entrar, verificar que no sucedía nada, pero la curiosidad mató al gato y yo no tenía el estómago para aventuras.

Aceleré mi paso para darme de bruces con un enorme cofre verde de acero, tirado en medio de la acera, como si los piratas se hubieran pirado a toda prisa y se hubieran olvidado el tesoro por el camino. Eso sí, dejándolo bien atado, con cadena y todo, a la farola del puerto cementerio. Sí. Vivo a dos pasos del cementerio. Es un lujo tener un vecindario tan tranquilo.

Sacudiendo la cabeza como si fuera giratoria, con los brazos en jarras en guisa de defensa, las llaves en la mano y el bolso apretado contra el pecho, no las tenía todas conmigo. Y menos cuando llegué al último cruce antes de mi casa y empecé a escuchar a un grupo de perros ladrando como si no hubiera mañana.

Me refugié en la oscuridad y evitando el viento, como una Daniela Boom urbana, dejé pasar a los perros. Y en ese momento empezó a resonar un metal contra el asfalto. ¡Clonk, clonk, clonk! Un coche aparcó a diez metros de mí y el conductor me miraba fijamente. ¡Clonk, clonk, clonk! Y un todo terreno pasando a toda velocidad. Bueno a toda la velocidad posible, que no era mucha, porque le faltaba un neumático.

El tipo del coche se paró en medio de la calle, mirándome. No se me ocurrió otra cosa que hacer tintinear las llaves, dándole a entender que soy su vecina. Se fue. Llegué a mi casa y me senté en el sofá. A oscuras.

En casa. Sana y salva.

 

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