Canción de vuelo y fuego

La conversación con el taxista me ha recordado un viaje a Dublín. La vuelta. Una de esas conexiones imposibles donde te dices que tú te las apañas porque estás curtida y hablas inglés, pero que un turista medio se hubiera quedado en el camino. Y no hablo de Ryanair. Hablo de Air France.  Hace un año y me acuerdo como si fuera ayer.

Air France también tiene aviones de bolsillo
Llegué al aeropuerto de Dublín directa desde la reunión, medio muerta de hambre y de cansancio. No tenía por qué hacerlo, pero al final metí el notebook en el bolso y facturé la maleta. Me dieron las dos tarjetas de embarque, la de Dublín-Londres City y la de Londres City-París. El primer avión se retrasa. Mucho. Me da tiempo a comprarme el último libro de G.R.R. Martin, en inglés, tapa dura y de rebajas. Cuando por fin entramos, es un avión de juguete. Me escoro y me encastro entre la ventana y un holandés (¿errante?) que no ocupa el espacio, se expande en él. Miro la hora y me estreso. Mi holandés inflable le pregunta a la azafata cómo tomar el avión siguiente. Ella se ofrece a indicarle el camino.
Aterrizamos. Cuando intento salir para echar a correr, el holandés me bloquea de un codazo y me dice que él también tiene prisa. Salimos, él siguiendo a la azafata, yo a ambos.

Londres City, pequeño, pero matón
No hay escala directa, hay que pasar el control de pasaportes. Es mi primera vez en Londres City y sólo percibo un aeropuerto atestado, lleno de ruido. Paso la aduana con el pasaporte en los dientes. Quedan diez minutos para el despegue. Subo al control de equipajes y me dicen que mi tarjeta de embarque no sirve, que la cambie. Le digo que voy a perder el avión y el guardia me responde que no me deja pasar, mientras una azafata de British Airways cuela a tres pasajeros que debían de estar en las mismas.
Bajo los dos pisos de escaleras. Y no precisamente mecánicas. Las señoritas de Air France se chotean de mí y me cambian la tarjeta. Subo. Entro. Llego al escáner y hay una cola inmensa. Casi llorando le digo a un guardia lo que me sucede. Me coge la bandeja y no me cuela, me adelanta dos o tres personas, no vaya a ser que nos pasemos. No sé dónde está la puerta de embarque. Una azafata me dice “al fondo del pasillo”. Recojo el contenido de la bandeja, tal cual. En los brazos llevo un abrigo, una bufanda, un notebook, y el último ejemplar de Canción de Hielo y Fuego, edición XXXXL. Y el bolso arrastrando de mi codo al suelo.

Corre, Marae, corre
En las pantallas mi vuelo está ya en rojo. Enfilo el pasillo como alma que lleva el diablo. ÚLTIMA LLAMADA. Corro más. Me adelantan pasajeros despreocupados, con tiempo y sin bolsas. Me hacen sentir paralímpica, ellos van andando y yo corriendo. Y haciendo pesas. El pasillo es largo como un día sin pan. Parece de hospital de película de terror, estrecho y mal iluminado. Mi puerta es, por supuesto, la última. Sigo corriendo. ÚLTIMA LLAMADA. Me duelen los brazos… ¿y si pierdo el avión?

Empapada en sudor y casi sin aire, con los pantalones en la cadera, las lágrimas en los ojos, la respiración entrecortada y cinco kilos de cosas, llego a la puerta, donde una azafata mulata me recibe con aires de superioridad.
Help me, please” le digo y ella, estoica, sin inmutarse, me responde “Follow me, please”. Acordándome de la madre que parió al capitán Cook, atravieso resoplando la pista de aterrizaje. Soy la última en llegar al avión, también de juguete. La pasajera del asiento de al lado se apiada de mí. Me descarga de los bultos, me da un pañuelo y me acomoda en el asiento. Apenas acierto a musitar un gracias y me derrumbo.

Objetos perdidos: Marae vuela, su maleta no
Cuando llegamos, mi maleta no está. Yo he conseguido cambiar de avión, mi maleta se ha quedado en Londres City. De casualidad, pasa por allí un señor de Air France. Y le digo que me parece demencial que vendan billetes así y que además pierdan los equipajes. Me responde que no exagere, que no es para tanto.
En equipajes perdidos no me quieren atender porque son las once de la noche. Que vuelva mañana por la mañana. Les digo que no soy de París y la señorita me perdona la vida y me pide el ticket de la maleta. Le indico que se lo quedaron sus amables compañeras de Londres City, con la tarjeta de embarque inútil. A regañadientes, la señora localiza el código de mi maleta, que llegará a Rennes por otro camino, en un par de días. Me da un recibo y un neceser con lo mínimo. Y una camiseta horrible, que pica y que me aprieta en el cuello. Para dormir, se supone.

Maleficio hasta medianoche
Son las 2345. Ya no hay buses. Voy a la parada de taxis, pero ninguno quiere llevarme. Me mandan de uno a otro, rehusando y empiezo a preguntarme si hablo francés. Al final un señor chino se apiada de mí y acepta llevarme al barrio de Montparnasse. En el camino, llamo para avisar al hotel de que estoy llegando, ya que la recepción cierra a las 00.00.
Me esperan hasta las 00.15, no más. Llego. El chico de la recepción es brasileño, y cuando ve que soy gallega, charlamos un poco. Me da la llave de la habitación y la clave de la wifi. Llegué. No me lo creo.

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