Cómo murió Garibaldi

Como ya he contado, me quedé muy triste cuando se llevaron a mi perro Flip. Así que, cuando cambiamos de casa, nos trajeron otro animalito. El abuelo de mis primas criaba canarios.  Los tenía de todos los colores, tallas y plumajes. Quizás ya me estoy haciendo vieja, pero creo que le había hecho una promesa a mi hermano.

Total, que un día nos vimos de paseo entre las jaulas, escogiendo un canario. El elegido fue un pájaro amarillo, con la cabeza y las alas en gris. Creo que fue mi abuelo paterno el que nos dio una jaula y para beber, le pusimos una bañera de la Barbie.

Ya que es costumbre en mi familia, el pájaro tenía que tener un nombre rimbombante. Al ver cómo se hinchaba para hacer gorgoritos, mi padre tuvo una iluminación. “Le llamaremos Garibaldi”. Aún éramos muy pequeños para saber quién era el soldado que unificó Italia, pero nos encantó el nombre y Garibaldi le quedó.

Era un canario macho y le encantaba cantar todo el día. Si le hablabas, te respondía piando. También era un canario atleta. No sólo usaba la bañera de Barbie como piscina, tirándose del trampolín, sino que cuando, a escondidas de mis padres, lo soltábamos por la casa, se echaba a volar a toda velocidad. Así tuvimos la primera incidencia. Queriéndolo meter a toda prisa en la jaula para que no nos descubrieran, le rompimos un ala. Y nunca se le trató, porque nunca confesamos.

No contentos con el canario, mi tía nos regaló un cachorro de gato, tres cuartos de siamés. A Miki, que así se llamaba, le hacía mucha gracia Garibaldi. A Garibaldi, Miki no le hacía gracia ninguna. El gato saltaba sobre la jaula y metía la pata entre las rendijas. Garibaldi se cobijaba en la esquina donde no podía alcanzarle. Al principio, escuchábamos un pío, pío intermitente como señal de alarma. Cuando subimos la jaula más alto, no sólo oíamos al canario, sino también al gato, que atrapado entre la jaula y el techo, no podía salir.

El gato se fue, por cuestiones de alergia, pero Garibaldi se quedó mudo. La cocina no tuvo nunca más su concierto los días de sol.

Un par de años después, sacando las castañas del fuego horno, escuchamos un sonoro PUM al fondo de la cocina. El cadáver de Garibaldi yacía en el suelo de la jaula y nuestros esfuerzos por reanimarlo resultaron vanos. Mi hermano todavía no me perdona las carcajadas de aquel día, pero ¿quién iba a imaginar que Garibaldi moriría intoxicado por humo de castañas?

COMMENTS

  • No fue exactamente así.
    Garibaldi ya era algo mayor cuando llegó a casa y vivio 9 años más con nosotros.
    Era ya viejito, su pobre corazón no supo compensar la falta de oxígeno por culpa del humo de las castañas y se produjo el paro cardíaco.

    Y no no te lo perdonaré nunca. Aunque ya lo tengo superado. 😉
    Los cometarios demoledores son cosa de familia. Asi de fuertes hemos salido.

  • A mi me ha dado mucha pena, mi padre siempre ha tenido canarios en casa. Cuando se le murieron los últimos era… raro, no oirlos. Este año le hemos regalado uno por su cumpleaños.