Cosas que suceden cuando viajas (I)

Hace un par de semanas me fui a Birmingham a un seminario sobre la juventud urbana. La experiencia fue estupenda, pero lo más curioso fue el viaje de vuelta.

Nos levantamos a las 5.00 de la mañana (hora de UK) para desayunar y esperar pacientemente el taxi que debería llevarnos al aeropuerto. Habíamos pedido un vehículo con capacidad para 6 personas (éramos 5 con maletas) y en la recepción nos habían dicho que costaba 20 libras. Los dos chicos finlandeses habían pedido un taxi para media hora después.
Esperando el taxi me di cuenta de que me había dejado mi libro en la mesa y cuando salí había dos taxis esperando, uno pequeño y otro grande.

Mis compañeros ya estaban cargando las maletas en el pequeño y preguntándole al taxista si no había un error. Nos dijo que no. Cuando nos subimos empezó a discutir el precio. El taxista era de origen pakistaní. El chico que se sentaba a su lado, noruego. En la fila siguiente había una polaca, una estonia y un sueco. Y en la tercera fila, agazapada entre las maletas, estaba yo.

El conductor decía que por cinco personas el precio era treinta y cinco libras, y los nórdicos le decían que ni de coña. Al final las cosas se calmaron y arrancó el taxi, en dirección contraria al aeropuerto. Se metió en la autopista, y, por dos veces, se saltó la salida “Aeropuerto”. Mientras la polaca me hacía gestos de “¿Esto qué es?” los nórdicos intentaban guiar al taxista con toda su paciencia e incluso haciendo chistes “Necesita usted gafas”.

La verdad es que si fuera yo la de delante no habría reaccionado tan bien. Ellos tenían el vuelo en hora y media y estaban tranquilos, negociando y razonando. A mí detrás se me llevaban todos los demonios por no empezar a maldecir en varias lenguas bárbaras.

Cuando al fin llegamos el taxista reclamó 30 libras. El sueco le dijo que ni pensarlo, que se había perdido dos veces y que el precio son 20 libras. Al final obtuvo 25. Los finlandeses, que habían salido más tarde, estaban en la puerta y nos contaron que su taxista estaba extrañado de tener tan poca gente y que sólo les había cobrado 21 libras.

He cogido muchos taxis en mi vida en diferentes países del mundo. Nunca me había pasado algo parecido. Gracias a Dios que no estaba sola.

Más tarde, imprimiendo la tarjeta de embarque, un señor de Air France me dijo que tenía que facturar la maleta. Yo le dije que no. Él me dijo que el vuelo iba muy lleno y que mi maleta era muy pesada, así que ni corta ni perezosa le dije que tampoco y la levanté con un solo dedo. No contento con mi reacción me hizo pesarla. El límite en Air France es de 12 kilos y la maleta pesaba 11,2, así que me dejó cargarla en la cabina.

Mi maleta tiene problemas en el asa, que no se baja cuando pulso el botón, sino cuando le da la gana. Aún así no quería facturarla porque tenía el tiempo justo entre el vuelo y el tren.
(sigue el miércoles que viene)

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