Cosas que suceden cuando viajas (II)

Atrapa ese tren, Marae

Como decía el lunes pasado, tras conseguir la tarjeta de embarque, me fui con los finlandeses a pasar los controles y a embarcar. En Birmingham sólo anuncian la puerta una vez que el avión está preparado, así que la señal de “Quedan 5 minutos” puede durar cinco minutos… o cinco horas. Eso sí, cuando anuncian la puerta entras directa al avión, lo que es una gozada.

Al bajarme del avión un crío de cinco años me dijo que se me olvidaba el echarpe. Tras recogerlo, me eché a correr en el caos humano de Paris-Charles de Gaulle, intentando llegar a la estación del tren a tiempo.

Al buen tun tun atravesé una puerta y me subí en el tren interno. Eran las 12.10 cuando llegué a la cola del control de pasaportes. No sé contar gente, pero a ojo de buen cubero había 300 personas esperando, así que me fui directa a la cola prioritaria (como si fuera una VIP de la vida, oye) y con mi mejor sonrisa y carita de niña buena le dije a la azafata que tenía un tren para mi ciudad a las 12.48. Sin mediar palabra, la chica me abrió paso con una reverencia.

Cuando por fin pasé el control, me eché a correr como un pollo sin cabeza, porque este aeropuerto es enorme y está muy mal señalizado. Tras atravesar tres terminales, por fin llegué a la estación.

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Al final me sobraba tiempo y me metí en el servicio justo cuando la limpiadora invitaba a una señora a utilizar el baño de minusválidos, diciéndole que “Usted puede pasar, señora, que usted no es como esas golfas que vienen a pisarme lo fregao(que suena mucho peor en francés). En ese momento mi mirada se cruzó con la de otra chica que llevaba en el carrito su bolso, dos maletas y un instrumento musical y no era capaz de meterlo todo en el baño. Con los ojos le dije que me ocupaba yo y en inglés me dijo que gracias. Cuando salió, me lo dijo en español, y yo le respondí en la misma lengua “No hay de qué.

En el ascensor para la vía me crucé con una mujer musulmana, con hiiyab y totalmente vestida de negro que llevaba, en una jaula con la puerta abierta, un conejo precioso. No pude evitar decírselo. Cuando le dije que yo tenía un gato, ella me respondió que si tengo un gato tengo que comer mejor y cuidarme mucho, que la salud es lo más importante y que confíe en Dios si tengo problemas. La verdad es que encontrarse a una mujer con velo que se preocupa por tu salud cuando estás leyendo Ivanhoe es, cuanto menos, curioso… (Hay una mujer con velo, Rebecca, que es curandera).

Hay viajes que son monótonos. Este vale por tres o cuatro, ¿no?

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