De cultura fast food y otras batallas

Aunque parezca mentira, en mi trabajo te  encuentras con personas afines. No simplemente semejantes o con una situación laboral parecida, sino con gente con la que coincides en visión y anhelos. Con la que te identificas. De vuelta de Lisboa, hablando con una de estas personas, me puse a explicarle cómo veo la Literatura. Sí, con mayúsculas. El arte.

Empecé por exponer mi propia situación. Cómo habiendo publicado múltiples poemas y cuentos, debería dar un paso adelante y meterme en un proyecto más ambicioso, como una novela. Leyéndome la mente,  mi interlocutor me respondió: “yo novelas en mi cabeza he escrito muchas, me falta ponerlas sobre el papel”.

Y hasta el papel es un factor importante. Hace un par de semanas que me he dado cuenta de que escribo mejor en papel. Reconozco con pena que es una pérdida de tiempo escribirlo todo dos veces, pero delante del Word se me escapan las ideas. Ignoro el método para escribir cien páginas en una libreta, el día que me ponga con la (¿las?) novelas, pero sí que me resulta más sencillo ponerme “a ello” sobre una superficie de celulosa con rayitas. O cuadraditos.

El siguiente punto en la discusión, corta pero intensa, fue la calidad de lo que se publica en la actualidad. De vez en cuando, caen en mis manos libros que son un atentado contra las reglas más esenciales de la gramática. O con una trama tan diluida que terminas la lectura dudando de tu propia capacidad intelectual. O personajes tan transparentes que no actúan, se deslizan por la trama. Y resbalan en ella, de tan diluida. He encontrado incluso poemarios que no son más que un ristra de frases cortadas para parecer versos. Malos. Cosas que nunca deberían haber salido del ordenador del ínclito autor. O autora.

Writer Wordart
Writer Wordart (Photo credit: MarkGregory007)

No puedo decir que yo sea mejor ni peor, sobre todo porque todavía no he sido capaz de sobrepasar mi récord de diez páginas. Y ya de antemano puedo asegurar que el día que lo supere, el producto será penoso, por primerizo. Y porque a fuerza de procrastinar, voy perdiendo la costumbre de escribir. Y la gramática se me enreda entre tanta lengua en la que me desenvuelvo día a día.

Me quejaba yo, y mi interlocutor me daba la razón, de esta invasión de fast food cultural donde priman los crepúsculos, las sombras y la poesía desfigurada. Se reía mi compañero cuando le conté que un día intenté escribir así, y no fui capaz. No tengo talento suficiente para escribir en modo best seller consumible. No me sale. Tampoco dejamos atrás en nuestro intercambio lo cerrado del mundo literario. La mafia de la Literatura, oh sí, con mayúsculas, donde sólo unos pocos son publicados y, entre ellos, sólo unos cuantos son realmente buenos. El resto son escribas que saben copiar el modelo mediocre de esta sociedad anónima, mercantilizada, consumista y uniformizada. Multicopistas.

De vuelta a mi caso, le conté que, tras varios años de retorno progresivo a la escritura; después de discusiones, intercambios y decepciones variadas en foros y tabernáculos escritoriles; fruto de una reflexión sosegada y un análisis circunspecto; he llegado a una conclusión simple, evidente, obvia e imprescindible: Si quiero escribir, voy a tener que esforzarme. No llega con un buen dominio de la gramática y la ortografía, que por lo demás en mi posición se pierden a fuerza. No llega con escribir de vez en cuando un cuento o un poema y ganar (o no) un concurso. Hay que trabajar.

Ha llegado el momento de dejar de hacer el vago y concentrarse. Y aquí estoy, aferrada a mi cuaderno carísimo que compré en un aeropuerto y que llevo en el bolso de aquí para allá, garabateando ideas con un bic negro. A ver qué sale.

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