Dejad que los niños se acerquen a mí

De vuelta de la reunión en Bilbao, me temía yo que si el viaje de ida había sido movidito, pues la vuelta tendría que tener su pimienta. Y no me equivoqué.

Cogí el avión sin problemas. Es más ni siquiera estuve sola durante la espera en Loiu, ya que otros compañeros tenían el mismo vuelo. Tras aterrizar sin problemas en Roissy, sorprendentemente, el RER a París no tuvo retrasos ni huelgas y hasta tuve la oportunidad de pagar diez euros para coger el tren anterior al que tenía reservado.

Me tocó un asiento al lado de un señor que se preocupó mucho por hacerme levantar dos o tres veces para hablar por teléfono, tanto que hasta buscó, sin suerte, otro asiento, para dejarme leer tranquila.
Cuando ya nos acercábamos a destino, cogí mi maleta, y el brazo me dio un calambre mientras el vehículo se bamboleaba. Pasado el susto, me dirigí al descansillo del vagón y mientras discutía con mi novio sobre el romanticismo de venirme a buscar a la estación y la duración del trayecto Paris-Rennes, me di cuenta de que había una niña apoyada en el maletero, llorando e hipando.
La pequeña no debía tener más de doce años y era preciosa. De esos querubines de pelo rubio y rizado que cuando los ves te preguntas dónde tienen las alas. Una señora intentaba consolarla repanchingada en la banqueta. Se veía a leguas que la señora no tenía ni idea de tratar a los niños, que no son idiotas. La chiquilla respiraba con dificultad, así que me puse a hablar con ella y le di un clínex, a nadie se le había ocurrido antes.
No podía abrazarla, que era lo que me pedía el cuerpo. En este país existe un espacio personal muy grande, que limita la intimidad a la gente muy cercana y a nadie se le ocurre coger en brazos a un niño que no es el suyo.
Entre sollozos, me explicó que le habían robado la cartera, que se había subido para llegar a casa, que tenía un viaje al extranjero pronto y que no sabía cómo recuperar sus papeles. Pero sobre todo me dijo que los revisores le habían reñido y la habían asustado.
Mientras me decía a mí misma que era una pena no haberme levantado antes, la hice reír, y se calmó un poco. Bajamos del tren y mientras ella buscaba a su padre, yo me quedé con su maleta y con los revisores. Eran tres, hombres y todos más altos que yo. Inocente de mí, les dije que no se preocuparan, que yo me quedaba con ella hasta que apareciese su padre. La respuesta me dio ganas de ponerme yo también a llorar. “No pienso moverme, aunque se retrase el tren, es una menor y viajaba sin billete. El padre tiene que hacerse responsable y de la multa no se escapa”.
Por fin llegó el padre y yo me fui sin decir nada. Una vez más, preferí respetar la intimidad de unos desconocidos.

 

COMMENTS