Desesperando el Bus

Todos los buses de Rennes son puntuales. Todos menos el mío, el 2, que llega tarde (el doble de tarde que un bus normal.)  No sirve de nada ir a la hora marcada, o quizás sí, porque la posibilidad de que el 2 y tú os crucéis es totalmente aleatoria.  Ahora en invierno, en este invierno que empezó, tímido, a finales de agosto y que ya congela, me quedo hielito en la parada. Los dedos se me quedan azules y me duelen hasta los guantes.

Y es que esperar el bus es tedioso. Sobre todo si acaba de pasar ante tus narices sin dejarte ninguna posibilidad de alcanzarlo. Un sprint y tres semáforos después, el colectivo ni siquiera finge detenerse en la parada. Seguro que te ha visto correr, pero ¡no estabas allí!

Y si estabas, tienes que esperar en posición oficial, porque si te sientas en el banco, pasa de largo. Que digo yo que para qué pondrán los bancos, si no te puedes sentar a riesgo de perder el bus. Nada, aquí hay que hacerle una seña, como en el tute, pero descarao. Un aspaviento, que le quede bien claro que lo estas esperando a él y no al camionero de la esquina.

Otras veces se come frecuencias. Debe llamarse número dos porque esa es la media: uno de cada dos.  Es decir, el bus va a pasar a la hora que tiene marcada, incluso si el anterior brilló por su ausencia. Esta “arbitrariedad coherente” hace que yo vaya a la parada del bus en cuanto estoy arreglada por la mañana y que tenga que echarme a correr como alma que lleva el diablo o esperar, de pie y haciendo guardia, entre 10 y 25 minutos; lo que me toca inconmensurablemente la paciencia porque el trayecto es otro tanto.

Hasta la chufa me tiene el 2 y el tiempo que pierdo. ¡Como si me sobrara!