Encerrada en una habitación de hotel

Hotel Beauley’s Marzo 2011

Mi primer viaje a Dublín fue a finales de Marzo. Cuando llegué al hotel, reservado por el socio irlandés de nuestro proyecto, me atendió una rubia enorme. Me apuesto la cabeza a que era polaca, no sólo por el físico, si no por esa actitud “exacta” que nuestros vecinos del Este tienen respecto del trabajo. Cuando le dije mi nombre, no me entendió. Cuando se lo repetí, tampoco. Cuando quise deletreárselo, se cruzó de brazos. En cuanto mencioné quién había hecho la reserva, me dio la bienvenida y la llave de la habitación.

Era una habitación enorme, con dos camas gigantescas, y con una puerta interior que comunicaba con la habitación contigua. Cerrada, por supuesto.

Después de cenar, antes de acostarme, cerré la puerta con pestillo. El clack me dio qué pensar. “Mañana no voy a ser capaz de abrir”.

A la mañana siguiente

Y así fue, a la mañana siguiente, vestida, peinada y arreglada para desayunar antes de la reunión, la puñetera puerta no se abría. El pestillo giraba y giraba en todas direcciones, pero ningún clack me permitía salir.

 Llamé a la recepción y me sugirieron que girase el pestillo. Les dije que llevaba media hora probando, así que cinco minutos después apareció la polaca con una llave maestra, gritándome que la puerta funcionaba perfectamente. Y no se le ocurre otra cosa que cerrarla para demostrármelo. Resultado, las dos estábamos encerradas.

 Muy nerviosa, la rubia llamó a la recepción. No sabía cómo salir, estábamos en un quinto, la ventana daba a un patio de luces y ella tenía todo el juego de llaves maestras del hotel. Serena, me dije “Esta es la mía. Te vas a comer el recibimiento de ayer”.

Bond, Marae Bond

 –        Pues yo sí sé como salir

 Y ni corta ni perezosa me puse a golpear la puerta contigua, para que mi compañera de proyecto, que estaba al lado, nos abriera. Y así fue. Roja como un tomate, la recepcionista me dijo que cambiase las cosas de sitio, que mientras no viniese el cerrajero, la puerta permanecería abierta. Cuando terminé el traslado a la otra habitación, el cerrajero ya estaba allí, y me dijo que iba a avisar que mis cosas estaban en el cuarto de al lado.

Volví al hotel a las once de la noche, armada con la llave de mi compañera, que llegaba más tarde. Cuando llegué a la recepción, me indicaron amablemente que ya no era huésped del hotel, que al no ver las cosas en el cuarto, me habían borrado. Tenía dos opciones, o recuperar la misma habitación o mudarme a la planta baja.

Medianoche en Dublín

No me apetecía trasladarme a medianoche, ni me fiaba de la cerradura, con lo que el recepcionista vino conmigo a comprobar que funcionaba. Volví a mudar mis cosas y cerré bien ambos cuartos. De camino al ascensor, di media vuelta, para verificar que ambas puertas estaban cerradas y bajé para dejar la segunda llave en recepción.  Volví a verificar antes de irme a dormir y me acosté.

Al día siguiente, en el desayuno, me preguntan cómo voy a pagarlo. Yo le digo que está todo incluido en la reserva y la camarera me dice que no. Entonces le explico mi aventura y no me cree hasta que llama a recepción y se lo confirman.

 Una hora más tarde, mi compañera me dice que su puerta estaba abierta cuando llegó.

 ¿Fantasmas?

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