Encerreishon

Estaba yo leyendo Asco de Vida cuando me encontré uno de esos post que cantan “fake” a kilómetros. El pobre chico narraba que gracias al “parón” del metro de Madrid había llegado media hora tarde a su primer día de trabajo y, como consecuencia, había perdido el empleo.

La foto es una obra de Patricia Waller, de la exposición Broken Heroes

Sin embargo, la falsa anécdota me hizo recordar que yo sí que me había quedado encerrada en mi casa el primer día de trabajo. Llegaba tarde porque no podía salir.

Acababa de llegar a Francia dos días antes y mis caseros todavía no se habían acostumbrado al hecho de tenerme allí, así que habían salido cerrando la puerta por fuera. Cuando quise salir yo, no había manera de que la cerradura se abriese desde dentro.

Por supuesto, el hecho no influyó para nada en mi trabajo ni en mi período de prueba, pero no le deseo a nadie la horita que pasé, llamando a unos y a otros para explicar qué sucedía, en una lengua que no es la mía y a personas totalmente desconocidas.

No era la primera vez que me ocurría algo parecido ni sería la última. En septiembre del año pasado os contaba cómo me quedé encerrada en una habitación de hotel en Dublín, así que no voy a hacerlo otra vez. En cambio, sí que puedo relatar lo que me sucedió en Santiago de Compostela, media hora antes de una reunión importante. Y eso que iba con tiempo…

–          Estación de Buses de Santiago de Compostela, dígame

–          Hola, buenas tardes, le llamo desde la Estación de Buses de Santiago de Compostela

–          ¿Y para qué me llamas?

–          No se lo va usted a creer, pero estoy encerrada en el baño, no hay nadie, y me preguntaba si podía venir alguien a sacarme.

–          Espere un momento

Momentos después vino un chico de la estación a liberarme. Me decía que probase a tirar del pestillo con todas mis fuerzas, pero el susodicho no se quería mover, así que me dejó allí un rato más y se fue a buscar ayuda. Mientras tanto, me puse a comprobar si el soporte del papel higiénico era lo suficientemente resistente como para sostenerme y poder salir saltando al baño contiguo. No me lo pareció, así que me senté en la taza a esperar. El segundo hombre que vino debía tener más experiencia con las puertas, ya que con el truco de la tarjeta (se introduce por la ranura y se da un golpe seco) me sacó de allí.

–          Tendremos que dejar un cartelito, no vaya a ser que la próxima entre sin el móvil.