¿Es usted yugoslava?

Hay viajes en los que me digo que tendría que llevar una cámara de vídeo. O un notario. O un testigo de Jehová… Y la cosa es que antes de salir de casa me digo, “Éste va a ser complicado”. Pero no me queda más remedio que salir por la puerta arrastrando la maleta, como una nueva Agar con ruedas. Este me da para dos posts… hoy os cuento la ida, y ya os contaré la vuelta… en un ratito.
La cosa ya empezó con el urbano. Urbano que pasa cada diez minutos y tardó veinticinco en llegar.

Siempre voy con margen a la estación, pero la verdad es que esto no me dejaba  mucho. Para rematarla, uno de los viajeros del bus (de origen argelino) vociferaba incongruencias racistas contra otros viajeros (de origen rumano). Y lo siguió haciendo cuando bajamos todos del bus y fuimos a coger el metro.
Cuando por fin llegué a la estación a las 13.50, en el pasillo que hay bajo las vías, me puse a buscar en la pantalla el tren al aeropuerto de Roissy, el de las 14.11. Las líneas saltaban de las 14.03 a las 14.28. Me froté los ojos, me quité las gafas de sol, pero no sirvió de nada. Resignada, subí a “Salidas” arrastrando la maleta por dos pisos de escaleras. El panel de información afirmaba que “algunos trenes podrían ser anulados debido a un movimiento social”. Lo de movimiento social es neolengua, quiere decir huelga. Lo de algunos trenes, deduje que era el mío.
Los revisores estaban informando a las ciento y pico personas que estábamos tiradas… persona a persona. La verdad es que pasé de ellos completamente, me bajé a la vía del tren que salía para París a las 14.03 y le pedí permiso al revisor para subir sin cambiar el billete, que me concedió. Tuve suerte y encontré un asiento que estaba libre.
Libre hasta que, con su hija y nieto, llegó un señor de gafas y pelo blanco que entró gritando en el vagón diciendo “12, 13 y 18, son nuestros asientos, Hala, fuera”.  Así que me fui al descansillo del vagón, y moviendo equipajes pude aposentar mi culo en una banqueta. Las piernas se me quedaron en un escorzo precioso entre las maletas y la puerta del vagón y mi columna vertebral en forma de ese, mientras el señor de gafas revolvía en sus bolsas y me informaba de que los franceses son un pueblo que hace muchas huelgas. Yo le contesté que si toda Europa hiciera lo mismo,  mejor nos iría.

El susodicho señor se pasó todo el viaje mirándome. Cada vez que levantaba los ojos de mis Hermanos Karamazov, allí estaban los suyos. Cuando por fin estábamos llegando, mientras su nieto se paseaba impunemente por mis botas, me preguntó “¿Es usted yugoslava?”.

Hombre, dejando aparte la pequeña cuestión de que Yugoslavia desapareció hace veinte años, de eslava tengo lo justo y creo que mi pelo naranja, mis ojos verdes y mi 1,74 no engañan a nadie sobre mis orígenes latinos. Quizás mi acento sí, porque no es tan marcado como el de mis compatriotas. La verdad es que pensé “no le expliques que eres gallega, que la liamos” y le respondí “Soy española”. La respuesta me dejó atónita  “Ah, mejor, mucho mejor”. Le dije que en el fondo era lo mismo, pero me quedé con las ganas de preguntarle si pensaba votar a Marine Le Pen en abril.
Una vez en Montparnasse, en el bus para el aeropuerto me encontré con una chica italiana que había tenido el mismo problema que yo. Pero menos suerte. No sólo había tenido que viajar de pie, sino pagar una multa de 18 euros. Tras hora y media en aquel bus Air France abarrotado y pestilente, llegué al aeropuerto para coger el avión a Bilbao. En el embarque,  el que mira las tarjetas antes de pasar al escáner (de origen magrebí) me dijo que no me preocupara, que se veía bien que era española, perdón, vasca.

Cuando llegué al mostrador de mi vuelo, dos paraguayos hablaban por señas con las azafatas de Air France, retrasando el embarque. Me ofrecí a ayudar y después la chica francesa me lo agradeció, confesando que le iba siendo hora de aprender español.

 

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