Fiebre de una semana de verano

Vale. Lo confieso. Soy un reptil. No quiero decir con ello que pertenezco al grupo parafilético de vertebrados amniotas provistos de escamas epidérmicas de queratina. No. Tampoco tengo lengua bífida ni soy verde (bueno, los ojos cuando me cambian de color) . Un poco anfibia sí que soy porque me encanta nadar, sobre todo en el río. Pero no voy a hablar de natación. No.

Hablo de mi relación con la temperatura corporal normal. Porque yo tengo una temperatura corporal inferior a la media (35º) y una tensión baja (11/6, o menos). La piel fría y las extremidades ya ni te cuento. Poiquiloterma perdida, vamos.

 ¿Tener 35 grados centigrados de temperatura corporal es malo? Pues no lo sé, pero a mí me resulta bastante útil.

Eso significa, para la temperatura, que tengo menos frío que los demás. O al menos que lo tengo más tarde. Me acuerdo del invierno que estudié en Bruselas. Fui la última en llevar abrigo. Hasta la sueca se lo puso antes que yo. A mí no me ceden los chicos románticamente su chaqueta. Se la presto yo.

En cambio, lo de la tensión baja dicen que asegura una larga vida. Aceptamos barco. Con el pequeño inconveniente de que me mareo con suma facilidad. Yo no tengo cabeza, tengo un sonajero. Todo lo que implique doblarse, prefiero hacerlo sentada. Desde secarme el pelo hasta atarme los cordones de los zapatos.

El caso es que hace un mes me puse enferma. Mi silla en el trabajo está justo detrás de una ventana. Hacía calor, la dejé abierta y…¡AAATchuuus!. El primer día sobreviví a base de antihistamínicos y café. El segundo ya ni fui capaz de levantarme de la cama. Me había pillado el catarro. Un catarro de verano, persistente, pesado, abrumador, que me puso el cuerpo del revés y el cerebro en miguitas. Llegué al médico tosiendo como una locomotora y con el mundo dándome vueltas a un día por minuto y en sentido contrario.

No veáis la cara de la doctora cuando tuvo que examinarme. Le digo que me siento febril y me pone el termómetro. Le da 37º. Me mira la tensión y le da 10/5. Cuando me sacó el barómetro para humanos, el tensiómetro o cómo se diga, pegó un salto y fue a por el estetoscopio. Creo que en ese momento estaba dudando de si estaba viva, muerta o en proceso de descomposición.

Como no era mi médico de costumbre, con una sonrisa cadavérica le digo que mi temperatura y tensión suelen ser muy bajas. ¡Ah! Me dice, suspirando de alivio. Lo importante no es la temperatura si no cómo te sientas tú. Vale, acabáramos. Pues me siento fatal, oye, por eso estoy aquí.

Me dio más antihistamínicos, cortisona, inhaladores y me puso de baja. Cuando la estaba firmando me dice ¿Has ido a trabajar hoy? Y yo, desde el fondo de mis ojeras y con el pulso haciéndome chiribitas, le respondo ¿Te parece que he sido capaz? ¡Ah, bueno, entonces te la pongo a partir de hoy!. Debo de tener cara de trabajadora stajanovista o algo. Que estoy hecha polvo, señora, que no puedo ni bajarme de la camilla.

Total, que era viernes. Que hasta el martes no volviera al trabajo.

Ya he vuelto a la normalidad. A mis 35º y 11/6. En cuanto me empiecen a salir escamas, os aviso.

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