Hordas de adolescentes de pelo rosa

Paseando una lluviosa tarde de domingo por Belfast, no pudimos evitar fijarnos en los niños que había en la calle. Niños que no jugaban a nada, sino que arrastraban su trasero de un lugar a otro, de un escaparate a una fuente, de un banco a un portal,… vestidos como pordioseros en combinaciones de payaso.

En un momento dado se plantaron delante de nosotras y en un inglés incomprensible, a gritos y en postura amenazante nos dijeron que querían hacer amigos. Les ignoramos completamente. Estábamos allí para hacer un curso sobre políticas de juventud, y sin embargo nos decíamos que con cierta juventud iba a ser difícil trabajar.

Cuando era niña, siempre me pareció que los adultos exageraban. Ahora que estoy en esa edad intermedia donde soy joven para ser adulta y soy vieja para ser una niña, intento ver a los chicos de hoy en día con mis lentillas de adolescente.

Y lo que veo no me gusta nada. Desde bebés, los niños se acostumbran a obtener todo en el mismo instante, y a hacer lo que les da la gana, sin respeto, ni por los demás ni por sí mismos. Hay una paranoia “anti-frustración” tal que los niños crecen sin límites, sin referencias, y cuando tienen que enfrentarse a los fracasos naturales del devenir humano, la reacción es violenta. Muy violenta. Contra sí mismos o contra los otros.

El nivel cultural es muy bajo y los métodos de enseñanza (que no los enseñantes) favorecen las trampas y el esfuerzo mínimo; cuando en realidad la escuela debería servir a ayudar a los futuros adultos a pensar por sí mismos.  Los profesores están atados de manos, ante la horda de rebeldes sin causa que ocupa la clase, los padres que exigen un milagro (mientras que la educación es una responsabilidad compartida) y un gobierno que los tacha de vagos y redundantes.

No todos son iguales. Tampoco digo que no haya una cierta esperanza. Sin embargo, lo que me desespera es la certeza de una generación que lo ha tenido todo, del móvil a la playstation, y que va a tener que enfrentarse a una situación frente a la cual están desarmados. Nosotros éramos el futuro, ellos son un problema. Nadie les ha preguntado y nadie parece estar en capacidad de darles respuestas.

Ser un niño en la España de los 80 no era sencillo, por mucho que Cuéntame lo pinte todo de color de rosa. Éramos la gran pregunta que nuestros padres le hacían al nuevo sistema democrático y a la idea de Europa. Ambos mintieron, prometiendo el sueño americano, y la generación siguiente ya no es una incógnita. Es un signo interrogante.

Para cerrar la reflexión, me gustaría citar un texto que circula por internet sobre nosotros, el baby boom que hoy, metafóricas y no tan metafóricas,  chupa las ostias en primera línea de frente, abriendo trincheras para los que vienen detrás.

Nosotros, la última generación de no-nativos digitales, crecimos así:

Fuimos la generación de la “espera”; nos pasamos nuestra infancia y juventud esperando. Teníamos que hacer “dos horas de digestión” para no morirnos en el agua, dos horas de siesta para poder descansar, nos dejaban en ayunas toda la mañana y los dolores se curaban esperando. Mirando atrás, es difícil creer que estemos vivos: Nosotros viajábamos en coches sin cinturones de seguridad y sin airbag, hacíamos viajes de 10-12 h. con cinco personas en un 600 o un Renault 12, SIMCA 1000 y qué decir de ese Chrysler de techo negro y no sufríamos el síndrome de la clase turista.  No tuvimos puertas, armarios o frascos de medicinas con tapa a prueba de niños. Andábamos en bicicleta sin casco, hacíamos auto-stop, más tarde en moto, sin papeles.

Los columpios eran de metal y con esquinas en pico. Jugábamos a ver quién era el más bestia. Pasábamos horas construyendo carros para bajar por las cuestas o simplemente en cartones y sólo entonces descubríamos que habíamos olvidado los frenos.

 Jugábamos a “churro va” y nadie sufrió hernias ni dislocaciones vertebrales. Salíamos de casa por la mañana con una mochila llena de libros que pesaba 10 kilos y no sabíamos qué era un troley, jugábamos todo el día, y sólo volvíamos cuando se encendían las luces de la calle.

 Nadie podía localizarnos. No había móviles. Nos rompíamos los huesos y los dientes y no había ninguna ley para castigar a los culpables.  Nos abríamos la cabeza jugando a guerra de piedras y no pasaba nada, eran cosa de niños y se curaban con mercromina y unos puntos. Nadie a quién culpar, sólo a nosotros mismos. Tuvimos peleas y nos “esmorramos” unos a otros y aprendimos a superarlo.


Merendábamos sándwiches de nocilla y panteras rosas y no yogures bio, lunchables,  ni comida bifidus activa. Comíamos dulces y bebíamos refrescos, pero no éramos obesos. Si acaso alguno era gordo y punto.   Compartimos botellas de refrescos o lo que se pudiera beber y nadie se contagió de nada. Nos contagiábamos los piojos en el cole y nuestras madres lo arreglaban lavándonos la cabeza con vinagre caliente.

Quedábamos con los amigos y salíamos. O ni siquiera quedábamos, salíamos a la calle y allí nos encontrábamos y jugábamos a las chapas, a tú la llevas, al rescate, a cambiar cromos…, en fin, tecnología punta. Íbamos en bici o andando hasta casa de los amigos y llamábamos a la puerta. ¡Imagínense!, sin pedir permiso a los padres, y nosotros solos, allá fuera, en el mundo cruel ¡Sin ningún responsable! ¿Cómo lo conseguimos?

Hicimos juegos con palos, perdimos mil balones de fútbol. Bebíamos agua directamente del grifo, sin embotellar, y algunos  incluso chupaban el grifo. Íbamos a cazar lagartijas y pájaros con la “escopeta de perdigones”, antes de ser mayores de edad y sin adultos, ¡¡DIOS MÍO!! En los juegos de la escuela, no todos participaban en los equipos y los que no lo hacían, tuvieron que aprender a lidiar con la decepción.

Algunos estudiantes no eran tan inteligentes como otros y repetían curso…¡Qué horror, no inventaban exámenes extra! Veraneábamos durante 3 meses seguidos, y pasábamos horas en la playa sin crema de protección solar, sin clases de vela, de paddle o de golf, sin palos de espuma, sólo con una tortuga rosa de corcho apretada en el pecho y sabíamos construir fantásticos castillos de arena con foso y pescar con arpón.

 Ligábamos con las chicas persiguiéndolas para tocarles el culo, no en un Chat diciendo “: )” “: D” “: P”. Tuvimos libertad, fracaso, éxito y responsabilidad, y aprendimos a crecer  con todo ello.”

Os recomiendo, igualmente, que le echéis un ojo al blog “Maravillosa Infancia”:

 Generación EGB

Generación X

Igualito que ahora, ¿hein?

 

COMMENTS

  • man

    espido freire en sus libros sobre mileuristas define con gran precisión, y exactitud, estas generaciones, sin caer en la idealización de estas etapas..

  • Pues a mí me pasa lo mismo. Tengo 34 y me parece rara tanta paranoia con respecto a los niños. Pero luego charlo con maestras y me dicen que las generaciones nuevas son psicológicamente inestables. Algo estamos haciendo mal.