La armería de Place Bretagne

A finales de diciembre me propusieron ir a una armería a comprar un regalo de Navidad. Me dio cierto repelús, pero el tiro (que no la caza) es un deporte, así que allá fuimos a comprar moldes de balas  y una pera de metal para la pólvora.  Y para todo lo demás, me acojo a la Segunda Enmienda.
Entramos en la tienda de “Caza y Seguridad”. Hacía mucho calor. Lo primero que vi fue una ametralladora rosa  especial para niñas tiradoras. En las vitrinas había de todo, balas, pistolas, revólveres, cuchillos, alarmas, gorros que sólo dejan ver los ojos, spray anti-violadores … En los rincones, cajas y percheros mostraban ropa con 50% de descuento.
Era Navidad, el local estaba lleno de gente y sólo había dos vendedores. Me empecé a sentir mal, así que opté por hacer una foto mental del momento. Durante mucho tiempo, una señora estuvo escogiendo cuchillos suizos como regalo de Navidad para sus hijos. El de su hijo estaba casi elegido, pero quería también uno para su hija y le parecía que el azul que le sugerían era demasiado mate y que no estaba bien pulido. El vendedor se afanaba en demostrarle la calidad de todos y cada uno de los modelos. Y había muchos.
En la otra esquina, el vendedor más joven servía un cuchillo de caza a dos jóvenes vestidos con pantalones de camuflaje. Un yuppi cuarentón esperaba su turno con su novia, mirando en el escaparate los Winchester. La novia se fue a tomar un café mientras él le pedía al segundo vendedor un modelo concreto de balas Kensington que no había. En el perchero, dos jóvenes vestidos de negro comparaban los chalecos de caza.
En ese momento se me clava un nudo en la garganta y empiezo a percibir cómo la angustia se apodera de mí. Miro a mi alrededor y empiezo a verlo todo difuso. Aviso de que voy a estar fuera y salgo, para sentarme en un banco.
Empiezo a tomar notas como una poseída, hacía tiempo que no tenía una experiencia así. Mientras escribo, los ojos se me van a la puerta de la tienda. Con horror veo que una pareja joven con dos niños lleva un rato mirando el escaparate. Cuando se van, llegan dos motoristas, de esos que son grandes y fuertes, y dan un poquito de miedo, y entran en la tienda. En la puerta hay mucha circulación de gente que entra y sale.
Hechas las compras, nos vamos. Pero aún conservo un ramalazo de ansiedad pegado en el espinazo.