La mala pata de Accidente

Hay días de mala pata

Estaba yo preparando un trabajo para uno de los MOOC que sigo en Coursera, con la música a tope y pensando en inglés, y de repente escuché a mi novio desde abajo, avisándome con voz grave:

– La gata cojea. Baja.

Mandé al cuerno el MOOC y me abalancé a las escaleras. Desde el rellano pude comprobar que Accidente caminaba encogida, temblando, y a tres patas, levantando la anterior derecha como un mendigo de tres al cuarto.

Se me encogió el corazón.

Mi novio quería esperar al día siguiente. Ni de coña. Llamamos al veterinario y allá nos fuimos corriendo. En plena noche. Bueno, en plena noche para Francia, ya que eran las nueve. Y tampoco nos fuimos corriendo, porque cargar con un gato de 6 kilos (siendo optimistas) en una caja donde cabe (véase foto) no permite mucho running de ese. Y menos en tacones.

El veterinario llegó más tarde que nosotros y tras sacar a Accidente de su jaula, lo primero que me dijo fue:

-Salga usted de la sala, yo la aviso.

Síndrome de madre felina

No es que le fuera a hacer nada a mi gata, pero yo me estaba poniendo cada vez más pálida y él debió decirse que para atender al gato sí, pero que para cuidarme a mí, no le daba la licencia. Al rato me llamó para hacerle radiografías. Accidente estaba narcotizada, y, aún así, se quejaba.

Mi corazón se volvió diminuto cuando nos dijo que era una lesión en el hombro y que eso en los gatos no se podía operar. Nos dio un antiinflamatorio, y nos recomendó reposo absoluto durante dos o tres semanas.

No sabemos cómo se rompió la pata, aunque creemos que Shrek algo tiene que ver. Tres semanas después y aunque ya ni renquea, Accidente sólo sale al jardín escoltada.

No se llama Accidente por casualidad.