La moneda de la Fontana di Trevi

Hace ahora veinte años que me fui a Roma por primera vez. Fuimos en autobús desde A Coruña y la primera parada fue Niza. Recuerdo que los zumos que nos compramos eran hiper caros. Dormimos en un orfanato a las afueras de Roma y sólo una de la excursión hablaba italiano. La verdad es que nuestro grupo de amigas hacía sonreír cada vez que nos presentábamos, ya que éramos dos Sandras y dos Tamaras. Aquella vez me pasée por Roma como si fuera mi casa, sin mapa y sin perderme. Recuerdo haber buscado un regalo personalizado para cada uno de mis familiares y que a nadie le gustó ninguno.

Había mucha gente, mucho ruido, el metro daba miedo y en las cafeterías no nos dejaban entrar para hacer pis, aunque alguien consumiera: “Un café, una persona al baño”. Entramos en el Coliseo, porque aún se podía y echamos una moneda en la Fontana di Trevi. Recuerdo la vueltecilla que nos dimos en Florencia y una pizza fantástica que se llama Calzone.
Al cabo de cuatro días, la comida que llevaba en el tupper se me pudrió (no debía ser el tupper de Rajoy) y sobreviví a base de bollería. Así aprendí que en Cataluña los caracoles se llaman caracolas. Cuando paramos en Zaragoza, me fui a  un quiosco, a comprar postales, y pregunté por el resultado del Dépor, que había jugado allí dos días antes. Recuerdo la respuesta: “Ganouche, paisaniña, ganouche”.
La segunda vez fue por casualidad. Me presenté con dos compañeros a un premio sobre frases para definir la Europa del futuro, en el 50 aniversario del primer tratado. De tres, dos ganamos un viaje a Roma con todos los gastos pagados. Recuerdo que el chico sueco que también había ganado era bajito. Si mi frase hubiese sido elegida como “la más mejor” de las diez finalistas, habría sido yo la primera en hablar en gallego en las instituciones europeas.

Recuerdo que nos perdimos en un parque y casi no llegamos a la reunión. El albergue de juventud donde dormimos la última noche parecía un puticlub de tantas luces que tenía en la entrada. Recuerdo haber echado una moneda a la Fontana di Trevi, al lado de un vendedor ambulante que tenía unas rosas preciosas.  Y haber llevado una postal de la Fontana para la oficina.
La tercera vez  fuimos un grupo de amigas, solteras y en edad de merecer. Con Ryanair desde Santiago. Cuando llegamos a Ciampino, el primer Terravisión nos dejó en Tierra y cuando llegamos a Termini, no encontrábamos el bus para llegar al hotel. Cuando llegamos al hotel todo estaba cerrado para ir a cenar y el recepcionista de dos metros nos invitó a limoncello y a los croissanes del desayuno. Caminamos mucho, hicimos muchas fotos y yo, que no tenía cámara, no tengo ninguna.  No quise entrar en el Coliseo, que estaba lleno de andamios, preferí quedarme con el recuerdo del edificio “entero” y no más ruinoso. De todos modos, en Roma todo está roto y el ayuntamiento tan endeudado que los monumentos ya no se iluminan por la noche en temporada baja. Recuerdo la cara del camarero cuando una amiga y yo le pedimos pasta sin queso ni nata. Recorrimos las catacumbas con un guía eslovaco que daba más miedo que el tétrico lugar.
La última noche, del Vaticano a la Fontana (un recorrido que a pie lleva 30 minutos) nos perdimos, porque soy ambizurda y leo los mapas al revés. Si hubiera sido una ghymkana, nosotras éramos el peor equipo. Todos los caminos nos llevaban a Piazza Navona y no había manera de avanzar.

Hasta nos paramos en una cafetería a tomar una manzanilla y a hacer pis. Recuerdo que nos preguntamos que si todos los caminos llevan a Roma ¿cómo rayos hace uno para salir de ella?
Eran las tres de la mañana y estoy segura de que los carabinieri, muertos de risa, se iban transmitiendo nuestra posición por radio. Pero el mejor recuerdo es que tuvimos la Fontana di Trevi para nosotras solas durante quince minutos.
Ya os contaré si la tercera moneda también funciona…

 

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