Tortas a la francesa

No me gusta quejarme ni despertar misericordia. Intento tomarme las cosas con humor y, cuando no se puede, pues con cinismo. Sin embargo, hoy me he levantado con el pie izquierdo y tengo ganas de destripar unos cuantos mitos.

Me he cansado del espíritu aventurero, de la “exportación de cerebros” y de comentarios tipo “tú sí que has tenido suerte, los que se iban antes, afrontaban peores condiciones”, “no te puedes comparar a los que viajan en patera“. Quizás. Pero cuando me suceden cosas como las que os voy a contar, me quedo pensando si no estaremos idealizando el fenómeno de la emigración intra-comunitaria y vendiendo motos europeas a quince céntimos de euro.

Ni la emigración es fácil ni Francia es el paraíso. Ahí queda. Lo he dicho. Y lo digo sintiéndome culpable, como si hubiese traicionado a alguien o como si lo que me ocurre fuese culpa mía. Culpa mía de guardar mi acento español o de no ser rubia de piel clara. De no esforzarme lo suficiente cuando me lo ponen tan fácil.

Pasen y vean. Y luego me cuentan.

Teleoperadoras, funcionarias y demás imbéciles

Estos últimos meses está muy de moda llamar en horas de trabajo con la esperanza de que salte el contestador, dejando un mensaje amenazante tipo “debe usted quinientos euros, si no se pone en contacto con esta línea de pago, le crujimos”. Cuando llaman a mi trabajo y les contesto, siempre me preguntan por la señora Robin.

Les digo que se equivocan y entonces me preguntan quién soy, identificándose con un vago “somos un grupo de empresas”. La última vez le expliqué a la susodicha de turno que llamar sin identificarse es ilegal. La respuesta fue: “usted no ha nacido en Francia y, por lo tanto, no conoce la ley” (para acto seguido colgar).

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After Service (Photo credit: Wikipedia)

Algo parecido me pasó con el impuesto “de habitación”, el equivalente al IBI español. En el “Centro de Impuestos”, antes de redirigirte a un experto que examine tu dossier, pasas una especie de control aduanero con los funcionarios de recepción. Había ido para explicar que no entendía por qué tras más de tres años me lo habían enviado por primera vez, ni su importe ni por qué si el formulario dice “todos los residentes” mi novio no aparecía en el domicilio. Yo esperaba, inocente de mí, que me dirigiese a otro agente para verlo juntos. Sin embargo, la respuesta de la funcionaria me dejó helada. “Un impuesto es un impuesto, y si usted no entiende porque es extranjera, no tiene ninguna importancia. Lo paga y punto

Con cierta frecuencia recibo llamadas equivocadas. Si es una mujer la que ha marcado un mal número, enseguida se disculpa y no vuelvo a saber de ella. Pero si es un tío el que llama, está encantado de escuchar un acento español (tenemos fama de fáciles) e intenta mantener la conversación. Y cuando le cuelgo, me vuelve a llamar. He oído de todo, desde tipos que me ofrecen pasar un fin de semana con ellos a otros que preguntan cuántas lenguas hablo. Sólo por el puñetero acento.

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La violencia gratuita

Un sábado cualquiera, saliendo del metro nos metimos, mi novio y yo, en el ascensor. Las puertas estaban a punto de cerrarse cuando entró un jorobado. Me miró y me dio la espalda. Acto seguido, me pegó un codazo en el pecho, de esos que no sabes si son un accidente o van con toda la mala ostia. Salvo que alguien que te mira y luego te golpea, sabe perfectamente lo que está haciendo.

Más tarde, volvimos a coger el metro para ir a casa de un amigo. Había bastante gente, sobre todo adolescentes. Uno de ellos salió del vagón justo enfrente de mí y se me quedó mirando fijamente. Pasó por mi lado y, de repente, dejó caer todo su peso sobre mi espalda, con los puños cerrados. Dolorida, aturdida por el golpe, con un ojo vi que mi novio ya estaba dentro, con el otro cómo el chico se iba riéndose y felicitándose con los amigos. Entré en el vagón y me tiré en el asiento. La chica de enfrente, que lo había visto todo, me miraba con aire divertido.

Mi novio no comprendía qué me pasaba. Chillando y sollozando le dije que todos los franceses eran iguales, unos racistas. Como él es francés y no había visto nada, se enfadó conmigo. La palabra impotencia se queda corta para explicar cómo me sentí en ese momento. Desamparada.

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Y no, no fue casualidad. Fue cuestión de segundos, pero ambos me miraron a los ojos antes de hacerme daño. Si no hubiese esa mirada, podríamos creer que tanto el uno como el otro no son conscientes, no sabían que soy diferente. Pero lo sabían.

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Tú sí que tienes suerte” me dice la gente que se quedó en Galicia. A veces. Otras no tanta.

 

COMMENTS

  • Emilio (díscolo legalista)

    Estremecedor relato de unas vivencias que no por personales cabe tachar de subjetivas. Al contrario, resulta una realidad objetivable que los individuos acomplejados acostumbran a larvar violencia que desencadenan a la mínima oportunidad. La inseguridad provocada por el sentimiento de insignificancia individual conduce en ocasiones a una exaltación fanática de los elementos que proporcionan identidad, el confort de la grey. No cometas el error, en la rabia por la impotencia de sufrir estos ultrajes, de incluir a a todos en el mismo saco. Francia fue Vichy, sí, por supuesto, pero también fue la Comuna en 1870 y antes la Bastilla el 14 de julio.

    • Emilio (díscolo legalista)

      Y hablando de lo estrictamente formal, ¿no habrás querido decir “compasión” mejor que “misericordia”?

    • 1) Todo el mundo ve Francia como la Revolución y la Patria de los derechos del Hombre. La parte Vichy-Le Pen se ve menos
      2) Generalicé en un momento de rabia. Eso no impide notar un chauvinismo nato y notorio en la mayoría de la población, que se supera con el roce
      3) Quise decir misericordia (Virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los trabajos y miserias ajenos) y no compasión (Sentimiento de conmiseración y lástima que se tiene hacia quienes sufren penalidades o desgracias). Lo que narro es un “trabajo”, no una penalidad.

  • La verdad es que estas historias me acaban de dejar alucinado. Una cosa es ser prepotentes y chauvinistas empedernidos, pero esto que cuentas es muy serio, y se llama XENOFOBIA. Personalmente, he tenido algunas malas experiencias en Alemania pero, hasta ahora, nunca me ha pasado algo así.

    Ánimo y un saludo.

    • Hombre, por la funcionaria y la teleoperadora, creo que es mas lo que dices tu, creerse superiores (=chauvinismo) Los otros dos imbéciles, bueno, mirandolo desde lejos, creo que la xenofobia es una excusa a una expresion violenta de sus complejos (joroab en la espalda, adolescencia) Eso si, lo pienso ahora, porque en el momento… Gracias!