La rubia de Nantes es peligrosa

Introducción

Rubia y galán. Petardos. En cuanto los vi llegar por el pasillo del avión, me di cuenta de que aquellos dos eran un problema con cuatro patas. Brillaban de lejos, gracias a sus adornos y tachuelas. Los cascos de él le hubiesen servido a Dumbo. Chonis frustrados, ese tipo de gente que compensa su complejo de inferioridad (y su metro cincuenta) con tacones (ambos, tanto ella como él) y pelo excesivamente largo, mal teñido (rubia ella, moreno él) y a medio peinar (idem).

Pese a que en Vueling la selección de asiento es de pago, con mucho tacto y diplomacia (estoy siendo irónica) consiguieron mover a tres personas para poderse sentar juntos.

El Smartphone, que él le prestó a su chica con un gesto condescendiente, estuvo encendido todo el trayecto. Quiero creer que en modo avión. Al comenzar el descenso, una azafata se acercó a ellos para pedirle que lo apagasen. Ni caso.

Nudo

Avisé a la azafata, en español. Prefiero ser una chivata viva. Pese a la insistencia, se limitaron a esconderlo y a enviarme miradas asesinas desde la fila de al lado.

Se paró el avión y, como de costumbre, me llevó 2 minutos ponerme de pie, sacar mi maleta del alto y ponerme a la cola. Ella, todavía en su sillón, se puso a rebuscar cosas en su bolso apoyado en el suelo; mientras me fustigaba las piernas.

Salí pensando y tuiteando que el mundo sería mejor sin gente así. De repente la rubia se puso a empujarme. Mala idea empujar por detrás a la expivot del equipo de basket del barrio. El “efecto rebote” se activó solo y mi codo salió disparado contra su plexo solar. La rubia depuso su actitud y optó por adelantarme.

Desenlace

Cuando, apoyándose en su maromo, se dio la vuelta para decirme algo, la interrumpí. En un francés perfecto que solo me sale cuando estoy muy inspirada (o cabreada), le dije:

– Rubia, es usted estúpida. Pero eso, eso es su problema.

Se dieron media vuelta y empezaron a correr por el aeropuerto como si les persiguiese Mefistófeles en persona.

Me eché a reír con la carcajada más maléfica que encontré en mi repertorio.