La última noche en Twisted River

Leo mucho en inglés. No sólo porque puedo o porque me ayuda a enriquecer mis conocimientos, sino porque me gusta la manera anglosajona de estructurar las frases como si cada una fuese un hecho en sí misma y no sólo un circunloquio del narrador.

Uno de los autores más dotados para darle ese peso preciso a las palabras es John Irving. Por eso resulta tan espectacular el resultado cuando sus libros son llevados al cine. ¿Alguien se acuerda de Las normas de la Casa de la Sidra?. Cada frase, cada gesto, está dibujado en su obra de una manera gráfica, emotiva, transcendente.

Empecé La última noche en Twisted River con miedo. Miedo a la decepción, a que este último libro fuese un producto de marketing, de escribir por vender y no una obra de literatura. Me equivoqué. Es un libro que engancha, un libro extenso al que hay que dedicarle tiempo para saborear cada línea, cada personaje, cada giro de la acción. En cada párrafo, Irving nos cuenta una historia entera. Nos define la sociedad de los Estados Unidos, con sus claroscuros y contradicciones, en un lenguaje personal, vívido, cercano y asumible.

Esta road-movie en papel no puede ser más pintoresca. De una serrería en New Hampshire a las nieves de Canadá, pasando por Boston, Irving nos explica que la familia no se compone sólo de lazos de sangre, sino también de amistad, de experiencias compartidas y de sentimientos entrecruzados que hacen que a veces una pareja sean más de dos, una familia todo un barrio y que un hijo sea hijo de todos. Hasta la venganza cobra un sentido diferente, pasando de ser una interpretación de la justicia a un discurso halagador.

El tiempo pone todo en su sitio. El dolor dignifica. El amor bendice. Mensajes teñidos de sangre, de duda, de alcohol, de recetas de cocina. De seres humanos.

COMMENTS