Las ventajas de no ser escritor

Explotando de vez en cuando

Hace ya tiempo que tengo ganas de escribir este post sobre ser escritor. Mucho. Como guinda, el fin de semana pasado me han sacado de mis casillas precisamente por este asunto. Quizás es culpa mía, por meterme en berenjenales que no me conciernen. Pero esa soy yo; la abogada de causas pobres.

Soy consciente de que con esta entrada voy a meterme en otro pastizal. Siempre me quedará Voltaire para matar por mi derecho a expresar mis ideas aunque no esté de acuerdo conmigo. Aunque la famosa frase no sea suya.

O mi amigo Zampatti, que, con toda la razón, propone una Huelga de Poetas

Dije mi primera palabra con seis meses y con tres años leía perfectamente. No puedo deciros desde cuándo escribo, sólo que gané los primeros concursos (escolares) de poesía con diez años y de relato con doce.

Vivo de escribir

Hay escritores que publican libros y otros nos dedicamos a cosas diferentes. El análisis político. La comunicación. El ensayo. Pero escribimos. Eso es ser escritor.

Escribo y no recomiendo ni las noches de insomnio, ni la baja autoestima, ni la hipersensibilidad, ni el revisar la puntuación en la lista de la compra. Enviar sms con las palabras enteras también sale muy caro.
Me gusta aprender de los otros, de gente que empieza de cero y se plantea cosas esenciales que yo había pasado por alto o de gente que lleva mucho tiempo y sabe conjugar en subjuntivo pluscuamperfecto para darle el tempo definitivo a un capítulo. Así, he tenido la suerte de colarme en andurriales fantásticos donde me han animado a seguir con los micros, y donde me han enseñado qué es un haiku y hasta a ripiar en condiciones.

Ser escritor no está recomendado para la salud

Igualmente, como escritora, tengo una vena exhibicionista y pedante. No sólo escribo para ser leída, sino también para transmitir. Soy perfeccionista y tiendo a creer que todo el mundo es igual, que se esfuerza en cada texto y que no se limita a la inspiración del momento; sino que la encuentra trabajando, como decía Picasso.

Utilizando el lenguaje como una herramienta de intercambio, conjugando los verbos, midiendo las palabras, construyendo las frases, cosiendo los párrafos. Con un diccionario de sinónimos, el Español Urgente y la web de la RAE abiertos en el Mozilla.

Leo mucho y de todo. Leer me permite tanto conocer la diferencia entre un soneto y un sudoku como saber distinguir un microrrelato de Benedetti de un cuento corto de Cortázar o de una greguería de De la Serna.

Ingenua de mí, todavía quiero creer que el resto comparte esta visión. Que están en la misma onda. Que respetan mis convicciones. Y es ahí donde me caen las ostias.

A veces es culpa mía. No tengo ningún problema en reconocerlo. Pero desde que retomé la pluma  para relato y poesía, me he encontrado a unos cuantos cafres. Gente que no quiere comprender que escribir es un arte. De esos que no entienden que tengas tu propia voz y que oses escribir finales repentinos o poemas sin rima. Gente vacía, que resume todo a un “¿te gusta la poesía?” como si hablásemos de los sabores de la Fanta.

Todo esto lo digo y lo repito quinientas veces. Y cuatrocientas noventa y nueve es el cafre el que me responde.

Este post se lo dedico a la número quinientos. Ella sabe quién.

 

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