Llegadas Inolvidables

Bruselas (2002)

Llegué a Bruselas en Septiembre, cargada con dos maletas desproporcionadas y un mapa de barrios donde “mejor no vivir” dibujado por mi amiga con un bic en un papel de cudraditos. Recién aterrizada y hecha polvo, tras atravesar uno de los aeródromos más extensos de Europa, alcanzar el tren con aquellos dos bártulos elefántidos fue toda una proeza. Tras mucho arrastrar, voltear y sopesar, opté por dejar que bajasen solos las escaleras mecánicas, porque yo no tenía fuerzas para sostenernos a los tres. Nos subí como pude al vagón y camino a la capital  de Europa. Cuando por fin llegué a la parada de taxis en Gare du Nord, un coche pasó a toda velocidad con el Aserejé a toda máquina. Por un momento me quedé dudando de si no me había equivocado de tren.

Al día siguiente, dando una vuelta por el centro, un coche casi me atropella en plena plaza de la Bolsa. Eran dos chicos en un descapotable, que se ofrecían amablemente a enseñarme la ciudad. Invitación que rechacé con una sonrisa y con un “No me hace falta. Soy de aquí”.

A picture of the skyline of Windhoek, Namibia....
A picture of the skyline of Windhoek, Namibia.  (Photo credit: Wikipedia)

Namibia (2004)

Salí de Coruña en coche hacia el aeropuerto de Lavacolla (Compostela) para volar hasta Madrid. El Madrid-Frankfurt despegó con retraso y la azafata me juró por sus muertos que llegábamos a tiempo. Tomando tierra en Frankfurt (tarde) el avión levantó el morro y dio media vuelta, para aterrizar diez minutos después. Mientras, el piloto pedía disculpas “pero es que había otro avión en su pista. Aún no sé cómo, estirando los diez minutos que me quedaban de escala, pasé el control de pasaportes, me recorrí las tropocientas terminales de destinos europeos y me planté en el vuelo de Johanesburgo. Cuando, tras doce horas encajada en el asiento, salí de él para cambiar al de Windhoek, me olvidé la cazadora en los rayos X. Volví, la recuperé y vuelta a correr para tomar el último avión de mi periplo.

Yo llegué a Namibia, mi maleta (para sobrevivir 6 meses) no. Tras una conversación surrealista con los encargados de equipajes, un chófer de la embajada española me llevó al hotel; donde descubrí mis primeras canas y que el kit de supervivencia de mi mochila no tenía un peine para desenredar mi maraña de cabellos. El clima en Windhoek es tan seco que, tras pegarme una ducha, mi melena decidió formar nudos consecutivos. Adaptándome al ambiente, bajé a comer al restaurante del hotel peinada a lo afro. Hasta que llegó mi maleta, ocho horas después.

Al día siguiente, buscando piso, fui siguiendo tan tranquila la rayita pintada en mi mapa, para encontrarme de repente con un camión lleno de soldados y de rifles, todos apuntando hacia mí. En una lengua que no entendí (¿afrikaans?) me decían que cambiase de acera. Por lo visto, me estaba paseando yo tan ricamente delante de la casa del presidente del país.

English: La Merced Church in the town of Antig...
English: La Merced Church in the town of Antigua, Guatemala. Français : Façade de L’église La Merced, dans la ville d’Antigua, au Guatemala. (Photo credit: Wikipedia)

Guatemala (2008)

Como la escala de seis horas en Miami era corta, la compañía (Iberia, quién iba a ser) decidió retrasar el vuelo a Guatemala otras dos horas. Lo que me hacía llegar de noche, y lo que es peor, sola, a uno de los países más peligrosos de Latinoamérica. No las tenía todas conmigo, así que envié un sms a mi contacto allí, para que me fueran a buscar más tarde. Mensaje que nunca tuvo respuesta.

En aquel caluroso día de julio los retrasos se acumulaban, así que no quedaban asientos libres en la terminal. Derrotada tras haber atravesado el océano y los ochenta niveles de control de las aduanas yanquis, me eché un rato sobre una alfombra, con mi mochila como almohada. Y nadie se extrañó. 

Tras el vuelo, con el corazón en vilo, contándome a mí misma historias de miedo, salí de la terminal rezando para ver un cartelito con mi nombre. ¡ Oh Cielos! Allí estaba el chófer, para llevarme sana y salva a Antigua. La noche era oscura y la carretera apenas estaba iluminada. De repente, el conductor se para, se baja del coche y, sin cerrar los pestillos ni encomendarse a nadie, me deja allí durante tres interminables minutos, elucubrando sobre los falsos accidentes que en realidad son trampas para atracar viandantes. Esta vez era buena gente de verdad, intentando arrancar un motor… Mi conductor les echó un cable, y enseguida emprendimos la marcha hasta el hotel. El mejor hotel donde he estado nunca, por cierto.