Extraños en la primera noche

Septiembre, 1999

Mi compañera de Erasmus y yo llegamos a Rennes (Bretaña Francesa) hechas polvo, después de no sé cuántas horas de viaje, sobreviviendo a base de bocadillos. Machacadas tras doce horas de tren Coruña- Madrid, y dos vuelos Madrid-París y París-Rennes, casi no entendimos al chico que había venido a buscarnos (Sylvain) cuando pronunció nuestros nombres.

Jugando al Tetris con nuestros maletones, nos incrustamos en su Clío rojo y allá llegamos a la Residencia Universitaria, nombrada irónicamente: Beau Lieu (lugar bonito.) Era un domingo a las doce de la noche. Es decir, en hora de vida española, las dos de la mañana. La recepcionista no encontraba nuestra referencia en el listado y se negaba a recibirnos. A esas horas era imposible encontrar un hotel (cerraban por la noche) y Sylvain no podía acogernos porque vivía en un mini-apartamento (estudio) donde estaban también sus padres. Yo apenas balbuceaba dos palabras de francés, mi compañera ya ni te cuento y al pobre Sylvain se le acababan los argumentos para discutir con la ínclita funcionaria, cuando de repente oímos “ Os presto mi casa”.

Bueno, yo lo escuché y pensé que no estaba entendiendo bien. Así que nuestro niñero nos lo explicó y tradujo varias veces. Jérémy, con su metro noventa y tantos y tan guapo que parecía salir de una película, nos ofrecía su casa. No entendíamos nada. ¿Qué hace el otro chico en una residencia si tiene otra casa? ¿Y por qué nos la deja?   ¿Vamos a dormir solas con él? ¿Por qué Sylvain nos deja con un tipo que apenas conoce? Muertas de miedo pero sin más remedio, allá nos fuimos a la otra punta de Rennes, acurrucadas en el coche de Sylvain mientras Jérémy iba solo en el suyo. Íbamos a dormir en su apartamento (estudio), pero no nos atrevíamos a subir en su coche.

Desmontando un sofá, Jérémy nos fabricó dos camas, mientras mi compañera y yo nos preguntábamos dónde iba a dormir él. Después de explicarnos dónde estaba la ducha, la comida y el café y de darnos las llaves, Jérémy y Silvain  nos dejaron en aquel apartamento. Solas y alucinadas.

Más alucinada todavía me quedé yo cuando entro en la ducha para descubrir un tanga rosa de encaje en el que Jérémy no cabía.  Vale que el chico olía muy bien y era muy amable, pero podría jurar que aquel trapo fucsia no era de su talla. Muerta de la risa, caigo en la cuenta de que tiene que ser el apartamento de la novia.

Al día siguiente, en Beau-Lieu, me dio por leer (al revés y a través del cristal) la puñetera lista de entradas y salidas. Y allí estaban nuestros nombres, con una indicación de que llegábamos al aeropuerto el domingo a las doce de la noche. Y la funcionaria seguía negando, porque no entendía que en España tenemos dos apellidos.  Para más inri, alguien había alternado el orden (los apellidos donde el nombre y viceversa). Hasta que me puse a chillarle en frañol supino y entonces cedió y me dejó señalarle en la hoja nuestras fichas.

Batalla que no merecía la pena ganarse, porque el Beau Lieu de las narices era una residencia de estudiantes donde las puertas tienen agujeros y las duchas están en el pasillo. Y apáñatelas para cerrarlas.

Y así nos pusimos a buscar piso desesperadas… Pero ésa… es otra historia.

 

COMMENTS

  • Emilio (díscolo legalista)

    ¿Choque cultural? ¿A eso le llamas choque cultural? Tendrías que haberme visto en mi primera noche en Osh, Kirguizistán, obligado a beber una sopa a base de sangre de cordero y harina para no ofender a mis anfitriones… o en aquel iglú inuit de Iqaluit, en el extremo septentrional del Canadá, sonriendo (yaciendo) con la cónyuge de mi cicerone, también para no ofender.