Lost in Restauration

Breve método de conversación en francés aplicado a una camarera china en un hotel español en Bruselas, capital de Europa y, a veces también, de Bélgica.

La camarera iba y venía intentando evitar las sillas del local, como si sus gafas no se adaptasen a sus ojos rasgados. Me di cuenta de que no entendía mucho francés (ni mi sentido del humor) cuando le dije que quería la coca-cola con TODO su azúcar, su gas y su cafeína y se me quedó mirando como si no hubiese entendido la receta y le estuviese pidiendo el ingrediente secreto.

Mirando durante tres intensos segundos, porque el resto del tiempo evitaba (ella) el contacto visual. Ignoro si se debía a su cultura, a la intensa fuerza de mi mirada penetrante y aguda (léase con ironía) o a una timidez supina; pero no me lo estaba poniendo nada fácil.

Milagro de la cocina internacional, el entrante llegó a mi mesa. Mientras comía, salió el cocinero, no sé si para saludarme o para verificar que había entendido bien el pedido. Al rato, regresó la camarera, preguntándome si “deseaba huevos en el plato de pollo.”

Dudando de lo que quería decir, le hice repetir la pregunta en dialectos variados de diversas lenguas europeas, hasta que, desesperada, se le iluminó el Google Translate interno y me lo dijo en inglés. Le respondí que sí, que quería un solo huevo en mi plato de pollo.

Mientras devoraba la debacle gallinácea, al fondo de la sala transcurría una escena singular, subtitulada para sordos. En un francés macarrónico y al dente, el cocinero se desgañitaba para hacerle entender a la camarera cómo debía preparar las mesas para el desayuno. Tan explícita era la demostración que, pese a estar lejos, creo que si me hubiera tocado a mí lo habría hecho a la primera.

A veces me parecía que la estaban riñendo, pero las risas de ella contradecían mi impresión. Él se agitaba y daba bandazos, ella le observaba risueña, como si tal cosa. Las explicaciones continuaron en la cocina y ya no podía verlos, aunque se escuchaba un murmullo.

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Terminé mi huevo en un plato de pollo y esperé un rato. Nada. Era tarde y estaba muerta después de cinco horas de viaje. Bostecé. Tampoco funcionó. Me dije que sabían dónde encontrarme y me levanté. El ruido de la silla atrajo a la camarera, que apareció detrás de mí, saliendo de no sé dónde.

Despacio y vocalizando le pregunté si prefería que pagase ipso facto o cargarlo a la habitación. En un francés plagado de infinitivos, sin adjetivos ni artículos, me explicó que el ordenador no funcionaba. Me ofreció pagar en efectivo y con una factura hecha a mano. Aún más despacio, le respondí que una factura hecha a mano no me servía para justificar gastos. En su dialecto particular me indicó entonces que el ordenador estaba bloqueado y pendiente de otra factura, y que no sabía cuánto tiempo sería necesario. Que si no me importaba esperar hasta las diez de la noche.

Todo esto a la vez que se agachaba, se ponía de pie, sonreía y me repetía las frases menos claras. Agotada ante tanto desparpajo y poco dispuesta a esperar una hora, le señalé la recepción. Aceptó enseguida, diciéndome que si me parecía bien, cargábamos la factura a la habitación. Le di el número y firmé un recibo.

Sin dejar de recoger la mesa, me dio las gracias con una inclinación. El cocinero me acompañó galantemente hasta la puerta.

Me fui a dormir con la sensación de haber cruzado un vórtice espacio-lingüístico-temporal.