15 minutos desastrosos

Tomo el bus todas las mañanas. Desde que estuve en América Central me resisto a decir que lo cojo. No señorita, un bus no se puede coger… Lo agarras o lo tomas.

El 7 de Marzo celebré mi cuarto aniversario en Francia. Es un decir, porque no hice nada especial, simplemente agarré el urbano y me fui a trabajar. Empecé la mañana peleándome con un conductor de bus que no me abría la puerta. Le había hecho seña de pararse y no me dejaba subir. “¿Será disléxico?” me pregunté.

Cuando por fin se paró y se decidió a dejarme montar, le hice un gesto para que esperase, que un chico venía corriendo. Me quedé quieta (tres segundos), sin subir. Me cerró la puerta en las narices. Golpeé la puerta con los nudillos. El chico ya casi había llegado.

Me abrió de nuevo y de mala leche me dijo “Un tren no la hubiera esperado, señorita” “Se equivoca, caballero, tomo el tren de alta velocidad con bastante frecuencia y siempre me esperan. Sobre todo si vengo corriendo por el andén, como este chico que acaba de entrar y que le va a dar las gracias por haberle esperado.”

Ley del karma obliga, en la siguiente parada se subió una señora que le pidió que esperase a otra persona. “¿Tenías prisa?” pensé. Empezamos bien la mañana, ya he pasado de adormilada a furiosa de mi casa a la parada de bus.

El karma no se quedó quieto y, dos paradas después, me tocó a mí. Otra señora, que se me encaró para soltarme “Quiero sentarme”. “Enseguida, señora” pensé, mientras, bajo una mirada de intensa reprobación, movía una caja de ordenador para que cupiéramos los tres.

Cuando le di al timbre para bajarme (oh por fin) en mi parada, llegó la catástrofe. Había un accidente justo al doblar la esquina. A falta de policía, al conductor no se le ocurrió otra cosa que parar el bus en el medio del cruce, cortando la circulación y dejándonos a nosotros bien encerrados.

Tengo la impresión de que este país se va al carajo.