Menos mal que esperé

Viajo mucho. Tanto que a veces, antes de comprar los billetes, sé perfectamente si el viaje me va a dar problemas o no. Es mi trabajo, así que no tengo más remedio que ir. Arrastrando las patas y con una nube negra por sombrero.

Rennes- Paris: la importancia de quince minutos
El último de estos viajes “nube negra”  fue a Bruselas. Al llegar a la estación, a las 18h, la SNCF me manda un mensaje: “Su tren de vuelta ha sido cancelado”. Fantástico, salgo en media hora ¿qué hago? Las reuniones (porque eran varias) eran importantes, así que no anulo los billetes y me subo al tren con el corazón en un puño. Esto va a ser complicado, me digo.
Primer problema, el Rennes-Paris se retrasa quince minutos, lo que me deja treinta y cinco para cambiar de Montparnasse a Gare du Nord (el tiempo justo, si corro para tomar mi tren a las 22:01). Me siento y a mi lado se pone una señora obesa que se expande y que despliega la wikipedia en la mesa. Duermo acurrucada en el pedacito de espacio vital que me queda. Diez minutos antes de la llegada, me levanto para salir la primera por la puerta. Debería haber avanzado al primer vagón (estaba en el octavo) pero me confié.

Gare de Montparnasse- Gare du Nord: Misión Imposible
Me echo a correr con tres bultos: bolso, bolsa de mano y maleta con ruedas. Y botas con tacones de cuatro centímetros. Cuando atravieso las puertas del metro, éstas se cierran de golpe y me estrujan. En un impulso, salgo de su abrazo y continúo corriendo. Me paro dos segundos, a recuperar el aire y escucho el metro abandonando la vía. Sigo corriendo y cuando llego al andén, el próximo metro tarda aún siete minutos que no tengo.
Llamo a mi novio para que me busque en internet alguna solución. “Tu tren es el último que sale para Bruselas”. “Pues ve buscando un hotel en Gare du Nord, porque de esta no llego”. Llega el metro, hay catorce paradas. En la número trece, Gare de l’Est, el metro se queda parado durante tres eternos y angustiosos minutos. Cuando por fin llega a Gare du Nord me pongo a correr como una loca.

Thalys PBKA at Gare du Nord
Thalys PBKA at Gare du Nord (Photo credit: Wikipedia)

Atrapa ese Thalys

El tren aún no ha salido, pese a que ya es la hora. Un revisor me chilla que corra más. Otro pasajero me adelanta, mejor, ya no corro sola. Me duele todo el cuerpo y no respiro, resoplo. Hago señas de que me estoy ahogando, pero la media docena de revisores de la vía se limitan a chillar, aplaudir y a decirme que corra. Me podría morir en el andén y ellos seguirían gritando “Corre”.
No es el primer tren de la vía, es el segundo. ¿Sabéis lo largo que es un Thalys? Yo tampoco, demasiado, un millón de vagones que desfilan ante mis ojos. Corriendo desesperados, el otro pasajero y yo llegamos a la puerta. 22.05. No entro en el vagón, me tiro en el suelo. Estoy empapada en sudor, no respiro y casi no puedo hablar. Se me saltan las lágrimas. Me dicen que me siente en el vagón, pero no puedo ni moverme.
Cuando protesto porque no es culpa mía (nuestra, somos dos) el retraso del tren anterior y si querían que corriésemos, pues que nos ayudasen en vez de gritarnos, el revisor, impasible, me dice con su superioridad belga “Menos mal que esperé”. Leches si el cambio no es posible, no me vendas el puñetero billete.

Cojeando por Bruselas
Al llegar a Bruselas me doy cuenta de que la puerta del metro ha hecho algo más que estrujarme. Mi pierna está dolorida, mi rodilla recuerda que un día jugó al baloncesto y mi cadera ya no sabe bailar salsa. Acabo de ganar la medalla de platino de correr con tacones y haciendo pesas, normal que tenga una lesión.
Llego al hotel y consigo habitación para la noche extra. Abro la bolsa para cenar y mi bocadillo es una masa informe de ¿mayonesa? donde nada una hoja de lechuga chuchurría, dos tomates asépticos y migas de pollo. Yo sobreviví a la batalla. Mi bocata no.
La madre que parió al ferrocarril.

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