Mercenaria de la Tecla

Hace un par de meses intenté escribir un relato “a la demanda.” Ése concurso en concreto me llamaba mucho la atención y estaba convencida de que debería ser capaz de escribir algo. Y he dicho “escribir”, que no es lo mismo que “describir.” Iba de viaje y era incapaz de dormir, con las musas dándome la lata cada cinco minutos.

¡Las muy cortesanas! Me espabilé como pude y me puse a ello. ¡Qué horror! ¡Vaya churro! La descripción del principio me salió lograda, se podría sacar algo de ella, pero el resto era pura basura. “Eso” que no me atrevía ni a llamar relato, eso que había escrito con el chachachá del tren; carecía de profundidad, de objetivo, de “it.” No merecía la pena ni traducirlo al francés, que no se iba a mejorar.

¿Y para eso me despertáis, ninfas del infierno? ¡Anda y que os zurzan!

La única solución que me quedaba era seguir buscando la historia, porque, desde luego, no era esa. Encontrar un tema, un sentimiento, una ráfaga de algo que se reflejase en mis letras. Pero no ése “Y entonces se volvió mezquina” que parece directamente salido de los 50 escombros.

¡Por Dios! Sacando conclusiones, la experiencia me demuestra que 1) Voy recuperando la pulsión de escribir 2) He perdido mucha práctica.

Esto sólo se arregla tirando millas de tinta.