Nieve

Todavía nieva. No en mi ciudad, pero sí en los alrededores. ¡En abril! Cuando voy a tomar el bus por la mañana me cruzo con coches que aún tienen escarcha en los parabrisas.

Odio la nieve profundamente. Mi hermano, y gran parte de mi familia la adoran; porque la ven poco y porque les gusta sacarle la parte lúdica. Yo, la detesto cordialmente. La detesto porque ella no se porta bien conmigo. Me ralentiza el paso, me fuerza los tobillos y las rodillas cuando camino medio frenada para evitar resbalar, y, de vez en cuando, me tira al suelo en un escorzo imposible de definir.

El mundo, o al menos mi ciudad, parece detenerse cuando nieva. Se detiene de verdad, mientras la nieve es aún hermosa y blanca, para esperar que pasen la máquina quitanieves o la de sal. A veces no pasa ninguna y la nieve se ensucia sobre el asfalto y se vuelve una pista de patinaje suicida sobre las aceras.

Me sorprenden las señoras mayores que van con su carrito de la compra cargado hasta los topes, zapatos de tacón fino y en el otro brazo un paquete o dos. Desbordadas, pero en equilibrio. Mientras yo desbrozo el camino con mis botas, zigzagueando como una esquiadora urbana atacada de parkinson con doble voltereta mortal, haciendo trompos para no meterme la ostia padre. Va a ser que la experiencia es un grado.

Detesto la nieve y cuando el termómetro pasa de 30 tengo mucho calor.

Voy apañada, me parece.

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