Niño prodigio: mi vecino Julio

Conozco a Jules desde que llegó a este mundo. Su madre nos lo presentó a todos los vecinos al poco de nacer. Cuando era aún una bola rosa envuelta en un paño blanco y el franchute y yo apenas empezábamos a salir. Es un niño travieso que crece y aprende muy rápido, un niño prodigio. Debe ser porque es el segundo y va poniéndose las zapatillas de su hermano antes de que éste las gaste.

Niño prodigio encuentra timbre

Un día mi novio le riñó porque cada vez que salía a la calle, tocaba nuestro timbre. A veces porque necesitaba algo y otras porque quería vernos. Aún me acuerdo del día que interrumpió una clase de canto porque yo estaba trabajando los agudos. El pobre pensó que me pasaba algo.

** ¿Estás bien? ¿Por qué gritas así?

Tocando los… timbres

Sin embargo, la mayoría de las veces pulsaba el botón porque le parecía divertido. Es un timbre que no se oye en la calle, sólo en la casa, y eso a Jules le hace mucha gracia. Resultado, su padre le prohibió que (nos) tocase el timbre nunca más.

Un sábado por la tarde, mientras estábamos con el café, oímos un ruido en el jardín delantero.

** Jules acaba de entrar, dijo mi novio

Me asomé a la ventana para ver a un retaco de apenas un metro arrastrar nuestra papelera verde y dejarla en medio de la carretera. Me encantan los niños, así que no me enfadé. De hecho salí muerta de la risa, intentando averiguar qué se le había pasado por la cabeza.

** ¿Qué hace mi papelera ahí, Jules?

** Es que se me ha caído la pelota en vuestro jardín (el trasero) y no puedo llamar al timbre.

** No te preocupes que voy a buscarla, pero ponme la papelera donde estaba, anda.

¡Demonio de criatura! Se encontró con un problema y una limitación. Y, niño prodigio, en vez de llorar, patalear o contradecir a su padre, se buscó la vida de tal manera que obtuvo lo que quería: su pelota. Y sin que nadie le regañase.

¡Cuánto tenemos que aprender de los más pequeños!