Perdida en los aeropuertos

La gente que no viaja con frecuencia piensa que viajar es fácil, divertido y apasionante.

Cuando alguien me dice¡Qué suerte tienes, que viajas tanto! “ yo me muerdo la lengua. Sí, es una suerte, pero sería un poquito mejor si el recorrido no se limitase a aeropuerto-taxi-hotel-reunión-bus-aeropuerto. O si cuando llegas de noche a un aeropuerto las cosas estuviesen mejor indicadas. En el aeropuerto hay wifi, pero para encontrarse no te llega con el gps de la blackeberry. Creedme. Me he perdido dos veces en un aeropuerto de noche. Fuera, no en las terminales. Y es un momento que no le deseo a nadie. Porque lo de perdidos en la tribu no es sólo una ficción.

Orly Orly Orly con la mano arriba

La primera fue en las Navidades de 2009, en Orly Ouest (París). Mi maleta pesaba veintidós kilos y cuando el autocar me dejó en la terminal W eran las 2315. Me dijeron que para llegar al hotel sólo tenía que coger el bus interno, bajarme en la primera parada y que estaba enfrente. Yo estaba muy cansada, después de dos horas y media de tren y una de autocar. Cuando me bajé del dicho bus interno, no se veía un burro a tres pasos. Sin contarme a mí, claro. El suelo estaba cubierto de nieve. La densa niebla lo rodeaba todo. Durante más de media hora estuve buscando el hotel, en círculos. Hacia la izquierda sólo había edificios de tipo militar (¿hangares?), hacia delante la carretera y vuelta para París. Hacia atrás volvía al aeropuerto. Y en la derecha sólo se veía un parking rodeado de alambradas.

A los cuarenta minutos de estar dando tumbos, me paró un coche con dos parejas, la música a todo volumen y vestidos de fiesta. Les pregunté donde estaba el hotel y me dijeron ahí delante ¿es que no lo ves? y arrancando a toda leche, allí me dejaron, muerta de frío, de miedo y totalmente perdida. Tragándome las lágrimas para que no se hicieran escarcha en mis mejillas, empecé a arrastrar mi maleta por la carretera, intentando al menos volver a la terminal.

Quince minutos después, me paró el coche de vigilancia del aeropuerto. Con una sonrisa, como si se encontrase Maraes perdidas en la noche todos los días, me cogió la maleta y me llevó al hotel. Hotel que no vimos, ninguno de los dos, hasta que aparcamos delante. Llegué a la habitación a la una de la mañana. Mi vuelo salía a las seis y media. Y digo salía porque se retrasó tres horas por una huelga. Pero eso ya es otra historia.

Sá Carneiro. Lo de Carneiro es en serio

La segunda vez que me perdí, fue en Julio 2012, en Porto. Llegué a Sá Carneiro a la una de la mañana (medianoche hora portuguesa) con ALSA. Cando me bajé, le pregunté a un taxista cómo llegar al hotel, que está enfrente. Fácil si la autopista no estuviera en medio. El taxista me dijo “Sigue todo recto”. Y todo recto seguí yo hasta que la calle se hizo muy oscura y ya no podía ver el hotel. Arrastrando mi famosa maleta de veintidós kilos, paré a preguntar a unos chicos que me miraron como si acabara de descender un ovni. Tenía que dar la vuelta. Fácil.

¿La vuelta? ¡La vuelta al mundo! La acera circundaba los edificios de tal manera que ya no sabía si estaba en Portugal camino a Francia o acababa de inventar una nueva modalidad del Giro de Italia. Una donde el dopaje sea obligatorio.

Pasé una gasolinera, un restaurante, todo cerrado y ni un alma. Cuando conseguí ver (percibir) el hotel, estaba del lado contrario, y, para llegar a la recepción, había que rodear un parking (no sé si de coches o de aviones). Tras cuarenta y cinco minutos de slalom con maleta de dos ruedas y espalda a trozos, llegué, jurando en arameo contra el taxista, que me había indicado el camino como si fuera un coche y no una persona. Es más, al día siguiente no me atreví a ir andando, y eso que realmente está a cinco minutos y cuesta abajo. Cogí el bus de cortesía del hotel. Park, por si un día queréis volar desde Oporto.

La gente que no viaja con frecuencia piensa que viajar es fácil, divertido y apasionante.