Quiero unos peterpanes para Reyes

Chica de 1,74 busca a Peter Pan

Mido un metro setenta y cuatro, casi todo de piernas. Resulta comprensible pensar que en invierno me interesa tener mis extremidades inferiores bien abrigadas. Y oye, bien vestidas, monas, de colores… es decir, con peterpanes.

Cuando era pequeña mi madre me los ponía siempre. Amarillos, rosas, azul marino, verdes… Los tenía de todos los colores. Ahora ya casi no los encuentro y cuando es así, la talla más grande es la 38. Y no, no es la mía. Ninguna de las mías.

Ponte leggings, me diréis. Hombre, primero que se llaman mallas. Y segundo que no es lo mismo.

Mallas vs. peterpanes

Para empezar, las mallas no te cubren los pies. Segundo, que no dejan de ser unos pantalones de segunda clase. Tan de segunda clase que se ponen debajo de otra prenda, a poder ser larga, porque no sirven para lucirse solas. Y ya para rematarla, o te pones unas medias por debajo, o les añades unos calcetines, con la dificultad añadida de calcular que los calcetines no sobrepasen la bota o el botín (con zapatos mejor no intentarlo) y que la malla no te deje parte de las canillas (peludas en invierno) al aire.

Los peterpanes le dan vida al vestido o a la falda que te pones. Sobre todo cuando le llevas una cabeza al resto del personal.  Te permiten  llevar zapatos. Te protegen del frío.  Reconocen a la niña que hay en ti y la sacan de paseo.

Yo quiero unos peterpanes. De mi talla y en colores.