Robin Williams: Un polichinela que se despertaba Jack el destripador

Hoy ha muerto Robin Williams y yo resucito Esto no es Yugoslavia una semana antes de lo previsto.

Hay una leyenda que dice que todos los genios son seres torturados. Desde Van Gogh hasta el más actual Robert Downey Jr. la historia se empeña en confirmar el adagio.

Tenía catorce años y era rara. Sólo me gustaba leer, escribir y jugar al baloncesto. Por ese orden. El resto de preocupaciones adolescentes me importaban un cuerno. Y una noche, en la tele pusieron una película que me hizo entender que no era una lunática. Sólo había cogido “el camino menos trillado”.

Carpe Diem. Seize the Day. Collige, virgo, rosas.

Me lo pasé de miedo (del de verdad) con Jumanji. Lloré de la risa con el genio de Aladdin la señora Doubtfire y con Jack. Me emocioné con Will Hunting (otra vez la rareza) y con El Hombre bicentenario. Me quedé admirada con un doctor que le planta cara a Robert de Niro en Despertares y putea finamente a Hugh Grant en Nueve Meses. Me enamoré del Rey Pescador (más rareza) y todavía espero encontrarme el Santo Grial en una alcantarilla.

Sin embargo, mi favorita, sin lugar a dudas, es Insomnia, donde Williams noquea al mismísimo Al Pacino en un thriller de los de antes. Salí del cine sin palabras, debatiéndome con un extraño sentimiento de solidaridad con el malo de la película, cuestionándome valores y prejuicios.

Eso era Robin Williams para mí. Un actor versátil que se sumergía en personajes imposibles y les daba vida más allá de la pantalla. Mis monstruos se deshacían en sus películas, ante un trabajo de interpretación sublime, ante un polichinela que se despertaba Jack el destripador.

Hoy el maestro ha cerrado de un portazo y me invade tanta rabia que me pongo de pie en el pupitre del olvido y chillo:

¡Oh capitán, mi capitán!

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