Robo en primera clase

Estaba claro que era un robo. Y aún ni habíamos salido de Montparnasse.

La señora, de pelo blanco, ahuecado e impecable, se agitaba en el asiento contiguo al mío. Nos separaba un estrecho pasillo que su nieto registraba con gesto adusto.

– ¿Ha visto usted a alguien irse con un bolso naranja?

La pregunta me sorprendió. El vagón estaba lleno, salvo por los dos asientos posteriores a los nuestros. Nadie había visto nada. Ni siquiera yo, que estaba sentada al lado. Aunque sin llegar a ocultar su nerviosismo, aquella señora elegante y modosa parecía buscar una solución lógica a la desaparición de su bolso. Joyas discretas, uñas perfectas, ropa informal pero cara, sentada en primera clase… Los detalles daban a entender que aquella era una dama.

Tras un breve interrogatorio a los presentes, los revisores empezaron una revisión de rutina. O eso nos dijeron. El tren no se detuvo, no hubo avisos por los altavoces ni nadie controlando los equipajes. Nos indicaron que es habitual. Este tipo de robo suele suceder en los últimos cinco minutos antes de arrancar el tren. Los delincuentes entran y atrapan “al descuido” todo aquello que parece de valor: bolsos, ordenadores, teléfonos… Lo que sea fácil y rápido. Para ellos, el ladrón se quedó en Montparnasse.

Buscando bolsos y culpables

La señora estaba segura de que el culpable del robo había sido un niño de apariencia gitana, de unos tres o cuatro años, que había pasado fugazmente por el vagón. Yo también lo había visto agacharse junto a mí, pero los revisores lo han encontrado y nos han dicho que no tenía nada. Ni él, ni su progenitora.

Durante las dos horas y media que duró el viaje, pese a la emoción, la buena mujer no alzó la voz en ningún momento, no lloró, no se dejó llevar. Yo la contemplaba admirada, hablando con ella para que no se sintiera sola, conteniéndome la rabia por lo sucedido y tragándome la impotencia de no poder hacer nada más que prestarle mi teléfono para que llamase a su familia y traerles, a ella y a su nieto, un par de botellas de agua del vagón bar.

– No puedo pagárselo, me dijo muy digna, pero gracias.

Sonreí. Si me hubiera pasado a mí, me habría gustado que alguien hiciese lo mismo.