Ser taxista te vuelve mala persona

Con el tiempo más que justo para llegar de Montparnasse a Orly y la cadera hecha migas, no me quedó otro remedio que tomar un taxi. Como siempre, no llega con que le pidas al primero de la fila que te lleve, sino que éste tiene que pedirle la venia a los compañeros. Cosas raras, qué quieres que te diga. Yo llegué a la vez que una rubia, y todos los taxistas preferían a la rubia. Salvo uno, que me cogió la maleta. Y se alegró un montón cuando escuchó que la rubia iba a Gare du Nord (al lado) y yo al aeropuerto. Con tales antecedentes, nos pusimos a hablar del oficio de taxista y acabé escuchando una confesión increíble: Ser taxista te vuelve mala persona.

La diferencia entre ricos y pobres
Ves tantas cosas, tanta gente, que al final, desconfías. Sobre todo en una ciudad como París. La gente pobre, es pobre y no está contenta, y te lo hace pagar a ti. Los ricos son demasiado ricos. Te van a marear sólo porque pueden. Porque les divierte. Es en el taxi donde ves las diferencias entre pobres y ricos. No es una diferencia, es un abismo. A la gente normal nos parece enorme poder, cuando se puede, ganar dos mil euros al mes.

Un rico, es tan inmensamente rico que dos mil euros no son absolutamente nada. Dos mil euros es la comida de un día normal. Y los peores son los políticos. No los alcaldes, sino los diputados, los ministros, gente que está tan lejos de la realidad que se comporta como verdaderos déspotas de la peor especie.

Ser taxista te vuelve agresivo
“Ser taxista te vuelve malvado. Cínico. Ves llegar al cliente y ya sabes qué puedes esperar de él. Por qué lado te va a marear. A veces te equivocas y das con alguien bueno. Pero la mayor parte del tiempo lo pasas sentado frente al volante, luchando con el mundo, estresado y maldiciendo entre dientes; viendo lo peor de la especie humana.Yo soy alguien muy tranquilo y cada vez noto que mi carácter se deteriora. Me vuelvo más agresivo. Y es el taxi. Y mis compañeros son mucho peor.”

Le interrumpo y le cuento que, un viernes a las doce de la noche, en Orly, ningún taxista quería llevarme al hotel. Que igual era por ser extranjera o por llevar pinta de cansada.

Los taxistas de Orly son una mafia. De hecho, yo la llevo a usted, pero no sé si me quedaré a hacer cola. Nadie quería llevarla, pero no es por ser extranjera. Todos los taxistas son extranjeros. Es porque era la última carrera del día e ir hasta Montparnasse es demasiado corto. No les merecía la pena. Por eso nadie quería llevarla”.

……
Terminamos el viaje en silencio, en ese silencio enorme que sigue a una gran discusión. Me ofreció caramelos, que rechacé con un gracias. Llegamos a Orly, bajó mis bártulos y yo me fui a la tienda del aeropuerto, a comprarme un cuaderno. Tenía que escribir esto antes de que se me olvidase una sola palabra.

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