Spleen in Eire

(Aeropuerto de Cork, Marzo 2013)

Llevo un rato intentando identificar esta sensación que me llena de pena y de alegría al mismo tiempo. Identificar estas ganas de reír y de llorar a la vez, maravillada y melancólica, nostálgica como si me partieran en dos, como si empezase otra vez, triste y anonadada.

¡Lo he encontrado! Es el spleen.

Tengo un intenso ataque de spleen, que me sucede cada vez que vengo a Irlanda. Y poco importa si es la Irlanda del Norte o la del Sur. Este país se me cala en los huesos, me fagocita para vomitarme tres días después y mandarme de vuelta con el corazón roto por un amor no correspondido. Un amor tan intenso que no me llegan las palabras para describirlo. ¿Es la lluvia? ¿Es la niebla? No, es el spleen.

Este país me atrapa. La gente es tan amable que me entran dudas de si son reales o si han salido de un bosque encantado. Todo el mundo te saluda. Te conozcan o no, y varias veces. Si hace falta mover el mundo para conseguirte algo, lo mueven y si no se mueve lo sacuden. Siempre con una caricia en las manos y sonriendo con los ojos, que es la manera más sincera que conozco de sonreír.

Estoy enamorada de Irlanda como las adolescentes de mi época lo estaban de Tom Cruise. La tengo idealizada, endiosada, albada, loada. Estoy fascinada. ¿Quién necesita ser rico siendo irlandés? Apenas he visitado el rural, pero me da la impresión de ser como mi aldea; un lugar duro, pero donde todas las puertas están abiertas.

Tengo el cuerpo mareado con el cambio de hora y la alteración de las comidas. Las ganas de echarme a llorar (o a reír) tampoco me ayudan mucho.

Tengo spleen.