Un asesino en el bus

Vivo en una ciudad tranquila, de unos doscientos mil habitantes. Tiene mucha vida cultural y las gentes son sencillas, gente que se levanta a las siete de la mañana, come a las doce y media y cena viendo el telediario a las ocho de la tarde. Hace unos días tuve que tomar el bus de las seis y media de la mañana para coger el tren de las siete.

No éramos muchos, el conductor, un señor sentado enfrente de mí, otro detrás, un chico en la fila de al lado en los asientos del final y una chica que iba de pie en el fondo del vehículo.

Era de noche y hacía frío. En el autobús sólo se oía el motor, interrumpido a veces por la voz automática que anuncia las paradas; y las luces, por contraste, daban un ambiente de pasillo de hospital. Me estaba quedando amodorrada con la cabeza apoyada en la ventana, hasta que de repente escuché “Eres un asesino”.

Me di la vuelta y me volví a colocar. En este país se respeta mucho la intimidad del otro, y el espacio personal (la distancia entre los cuerpos) es mayor que en España. Pude ver que la chica del fondo se encaraba con el chico de la fila de al lado. Intenté poner la oreja, pero los susurros en francés me llegaban distorsionados.

A medias palabras, entendí que la chica acusaba a aquel hombre de ser un cobarde y cómplice de otro, que era el verdadero malvado de la historia. Este malvado había tenido una relación con una amiga de la chica y las cosas habían ido muy mal. No supe por qué. La chica le reprochaba al otro de haber permitido a su amigo sobrepasar los límites. Y le amenazaba con represalias. “Eres un asesino”, le repetía, hasta que llegó su parada y la chica desapareció.

El chico y yo nos bajamos en la siguiente. Yo, directa a la estación de trenes. Él, en dirección contraria, hacia la parada donde se había bajado la chica.

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