Un hotel fantasma y por etapas

Septiembre 2015

Recorriendo la noche belga

El recorrido del bus 21, el que va del aeropuerto a la ciudad de Bruselas, es largo y tortuoso. Sobre todo cuando no estás muy segura de dónde queda el hotel al que vas. O cuando no tienes ni remota idea si será un hotel fantasma. En uno de los vericuetos me fijé en un cartel : “Hotel Satélite EU”. No era el mío, pero me quedé con el sitio por si tenía que hacer un cambio de urgencia.

Me bajé en la plaza de las instituciones europeas (Schuman) y empecé a subir la calle del hotel. Al principio había cafés (¡y con gente dentro!), luego me rodeó el silencio. La calle se volvió solitaria. A apenas un kilómetro delante de mí empezaba una de las fronteras ocultas de Bruselas, la que separa el Schaerbeek-Barrio Europeo del Schaerbeek-Mejor no vengas.

Hotel fantasma

Seguí subiendo la calle, hasta que me di cuenta que me había pasado de largo. Unos seis números de portal.

**Pues sí que es un hotel discretito, pensé

El hotel estaba a oscuras. Conseguí pasar una primera puerta, pero cuando quise atravesar la segunda, imposible. No había timbre, ni nadie parecido a un recepcionista. Cuando por fin di con la luz me topé con un cartel que daba un número de teléfono al que llamar cuando se llega.

Una señora con acento belga me informó de que el número no existía. O de que se me había olvidado algún prefijo. Llamé a mi novio desesperada, para que se pusiese a buscarme hoteles en booking.com. La cosa pintaba mal. Eran las 23.15, muy tarde para Bélgica. Y para pasearse solita por Schaerbeek, ni te cuento.

Gymkhana nocturna

En un flish flash de la lucecita vi que el puñetero cartel tenía letra pequeña

** Vaya usted a por las llaves al número Tropecientos

Le hice caso a la puñetera plaquita y salí otra vez a la calle. Me empezaba a dar el asma de tanto subir y bajar tirando de la maleta y de mis nervios. Cuando por fin llegué al número Tropecientos, me di cuenta de que era el famoso “Satélite” que había visto desde el bus. Ahora comprendía lo de “satélite”. Aunque yo le hubiera puesto “Plutón” directamente.

Entré y, tras tres tramos de escaleras con maleta incluida, me encontré a un recepcionista sonriente. No pude evitar pensar “me vas a oír, majete”. Dicho y hecho, le cayó una bronca de tres pares por no avisar y por no actualizar el numerito en la plaquita.

Diálogos de bel-sugos

Sin perder el temple (ole tus h, macho, porque una Marae furiosa es incontenible) me explicó que esas informaciones sí están en la reserva. Cuando le pregunté dónde, se puso las gafas y me señaló una letra minúscula en el fondo de la hoja de reserva. No me callé.

** ¿Me está usted puteando? y me di una ráfaga de Ventolín. No sólo porque lo necesitaba, sino también porque al interlocutor lo acojona mucho.

Quizás para vengarse, me tuvo allí diez minutos más, explicándome lo que es la tasa de alojamiento y el daño que hace a la industria hostelera belga.

Salí de allí con las llaves en una mano y el teléfono móvil en la otra, para tranquilizar al franchute, que en ese momento estaba buscando el número de la guardia civil bruselense.

Por fin pude entrar en el hotel fantasma.

La habitación estupenda. Preciosa.