Una de petardos

Petardo mendigo

Me jactaba yo, muy segura de mí misma, que viajando sólo me cruzaba petardas y no petardos. Pues tendría que haberme quedado callada, porque a los dos días de publicar el dicho post, me he cruzado con unos cuantos petardos. Una horda de ellos y todos en el mismo viaje, por si no me daba por enterada si llegaban de uno en uno.

Antes de tomar el primer tren, me fui a comprar billetes de metro de París. Salí de la tienda aún medio dormida, directa a por un café. De repente, un brazo me corta el paso y una voz de jazz me dice, en inglés “Por Jesús”, extendiendo la mano. Yo seguí caminando como una zombie, sin apenas darme cuenta hasta que la cafeína hizo su efecto y se me conectaron las neuronas.

Petardo toca toca

Me subí al tren, que, para variar, llegaba con retraso. Me toca al lado de un señor extraño, de los que parecen demasiado tímidos para ser amables; esa timidez que te hace reaccionar tardíamente. En este caso eso se tradujo por una esquina de maleta deslizándose abruptamente hasta dar en mi nariz, mientras el tipo alzaba el brazo al ralentí. Después me dice que si me sube el abrigo al estante. Le digo que mi abrigo y yo nos vamos a poner a dormir y que nos quedamos juntos.

Este señor extraño también era uno de esos petardos que se expanden de manera aviesa, de forma que su codo acaba tropezando y posándose en tu pecho; a no ser que te acurruques en el otro lado. Un petardo que no sabe esperar a que estés sentada o a que te levantes para irte, o que te despierta de un codazo (sí, en el pecho) cuando llega el revisor.

Petardos deambulantes

Salí corriendo del tren, disparada al metro. Bueno, como de costumbre. Y me doy de bruces con uno de esos armarios de metro noventa y tantos que van por la vida como si les sobrara el espacio mientras ignoran dónde meten los pies. Hasta que su zapato de chúpame la punta del 48 y medio me tira la maleta al suelo, arrastrándome a mí con ella. Gracias a Dios soy muy flexible y no me llegué a caer. Con el mismo impulso me levanté. Reaccioné tan rápido que no le dio tiempo a bajarse para ayudarme. A su “I’m sorry” respondí con una mirada furibunda, que le quitó la gana de interesarse por Maraes con prisa.

En momentos así, mi mirada no es asesina, es genocida. Me sirve para espantar imbéciles que me silban o me tiran besos al pasar, que fue lo siguiente que me sucedió, ya en la segunda estación de tren. Es una mirada tan afilada que se nota incluso de espaldas, obligando a señoras pazguatas (del género petarda caracol) a apartarse de mi camino y dejar de bloquear la puerta cuando quiero subir al tren.

Y vosotros ¿con qué tipo de petardos /as os topáis?

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