Vértigo en la Duna 45

El vértigo, aparte de una famosa película de Hitchcock es, tal y como define la Wikipedia: “una particular sensación de falta de equilibrio. Se siente que las cosas dan vueltas alrededor o que giramos alrededor de las cosas. Generalmente es de carácter rotatorio y se puede acompañar de manifestaciones vegetativas (náuseas, vómitos, sudoración)”.

Yo tengo vértigo desde pequeña, aliñado con una tensión muy baja que me deja zombi si me agacho para atarme los zapatos o si inclino la cabeza para secarme el pelo.

En 2004, viviendo en Namibia, tuve la suerte de visitar dos veces Sousous Vlei. Recurriendo de nuevo a la Wikipedia, os diré que es “un salar en el Desierto de Namib central, que está dentro del Parque Nacional Namib-Naukluft. Alimentado por el Río Tsauchab, es conocido por las altas dunas de arena roja que lo rodean, formando un importante mar de arena”.

La primera vez fui con mi compañera de casa, germana, y un lector de español, bilingüe en alemán. En la tienda de al lado había dos alemanes muy simpáticos, muy rubios, muy grandes y, sorprendentemente muy habladores, que nos ofrecieron llevarnos en coche a ver el amanecer al día siguiente desde la Duna 45. La duna del salvapantallas de Windows, by the way.

Así que nos levantamos cuando los coyotes y las hienas aún estaban de juerga, nos subimos en la camioneta, y, a oscuras, aparcamos y emprendimos la ascensión. Yo notaba que no podía, que me ahogaba, que me iba quedando atrás, que interrumpía a los otros, que se me nublaban los ojos, que me daba vueltas la cabeza. Les dije que continuasen subiendo que yo me quedaba abajo. Y no sé cómo lo calculé, pero el punto del suelo firme donde me senté hacía una horizontal perfecta con la aurora, así que tuve mi propio espectáculo.

La segunda vez que fui, el grupo era más numeroso y heteróclito. Varios namibios, cuatro españolas, un canadiense, un indonesio y una sueca, si no me olvido de nadie. No nos apetecía el mogollón que se monta en la duna al amanecer así que fuimos más tarde. Y de nuevo, el vértigo. Lo intenté dos veces, y las dos veces me puse fatal. Sola a los pies de la duna me puse a recoger piedras, que por cierto son rosas, y a pensar el modo de evitar el mareo, de darle a mi cuerpo y a mi mente una sensación de seguridad que me permitiese ascender.

Una idea atravesó mi mente. Me descalcé y empecé a remontar la pendiente con los tenis colgados del cuello y los calcetines en los bolsillos. Teniendo menos peso, mis pies se afirmaban en la arena y avanzaban por la ladera.

Cuando llegué, mis compañeros me aplaudieron. No había nadie más en la Duna 45, el horizonte era todo nuestro.

 

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