Viajes “Oh my Darling” directos a Bollywood

Antes de acostarme, la chica de recepción me aseguró que llegaría sin problema al aeropuerto al día siguiente. Estaba de viaje en Manchester, en uno de esos hoteles que sirven para no dormir en un banco, y me parecía un poco justo el bus a las 4 para un vuelo a las 6.

– No se preocupe señorita, controles o no controles, y aunque no tenga usted tarjeta de embarque, con dos horas es más que suficiente. – Y sin esperar a mi réplica, se dio media vuelta y me dejó allí plantada. Mirando el poster que anunciaba que esta señorita era la empleada del mes de Enero.

No quiero pensar cómo sería si me hubiese tocado el de Marzo.

Me acosté, pensando que iba a tener que encomendarme a San Schengen bendito para pasar los chequeos y llegar a mi vuelo a la hora, pero acepté mi destino con la serena resignación de siete años de oficio.

Bajé a las 4 menos cinco. Como el desayuno estaba incluido en el precio, me  metí un par de napolitanas de chocolate en el bolso y me bebí el zumo de naranja de un trago, como si fuera un chupito de tequila. Salí a la puerta, y a las 4 y 10, vino el recepcionista a buscarme.

Oh Darling oh my Darling  -os juro que no miento, es real e intraducible- Nuestro conductor ha tenido un pinchazo y no puede venir a buscarla, oh my Darling, I am really sorry, oh my Darling le llamamos un taxi.

Se me llenaban los ojos de rabia. Pasé otros cinco minutos calculando a cuántas millas por hora iba a tener que correr (Manchester tiene un aeropuerto muy largo) cuando de repente llegó el taxi. De él salió el primo alto de Dueñas, con una chilaba color sepia. En el coche traqueteante,  la música Bollywood atronaba. Durante diez largos minutos, me fui preguntando si aquello era un taxi, un secuestro exprés o un viaje en el tiempo.

Cuando por fin aterricé en el aeropuerto, la cola para mi vuelo le daba tres vueltas a la terminal. Suspirando, imprimí mi tarjeta de embarque en una de las máquinas y salí corriendo para los rayos X. Si iba demasiado cargada para la cabina, que me lo dijesen en la puerta.

Estaban registrando dos maletas de cada tres. Descalza, ojerosa y en camiseta de tiras, estuve esperando un rato a que me tocase el turno. Con mucho tacto, la señora de azul abrió la mía y fue tentando cada recoveco, intentando no reírse con mis comentarios. Pero se rindió cuando llegamos al compartimento de la ropa para lavar.

– Tenga usted cuidado, ahí llevo la ropa que apesta (stinky)

– ¡Ah! Quiere usted decir la ropa sucia (dirty)

– No señora. Ahora está sucia, pero cuando llegue por fin a mi casa, apestará.

Con una carcajada, me devolvió el bártulo. Me vestí y calcé como pude y eché a correr.

Llegué tan justa al vuelo que ni me miraron la maleta de mano.