Viajes de Santa Marae de los desamparados

Vuelvo a (esto no es) Yugoslavia con una historia de las mías. Uno de esos viajes donde, además de ir para trabajar, el destino me envía algunos extras. Para que no me aburra.

De Coruña hacia Oporto

Salí a las 5 de la mañana de A Coruña. A esas horas la estación está vacía, oscura, fría y tétrica. Cuando quise sacar mi billete, un cuarentón fornido se peleaba con la máquina. La muy resabiada le devolvía la tarjeta una y otra vez.

– Déjame que saco el mío, a ver si llegamos al fondo del misterio – le dije.

El tipo me miraba como si se le hubiese aparecido San Rafael con bastón y cantimplora.

Seguí el proceso y también me atasqué un par de veces. Hasta que me di cuenta de que había que darle una vez más a continuar antes de meter la dichosa tarjeta. Se lo expliqué a mi interlocutor y los dos pudimos montar en el tren.

Al llegar a Vigo me senté en una de las sillas de fuera, cotilleando el smartphone. Delante de mí, un señor mayor, apoyado en sus muletas, me preguntó si podía vigilarle los bultos. Al final me pidió usar mi teléfono. Eran las siete y media de la mañana.

– María, despierta al niño y que me traiga el móvil a Guixar…  Pues si está sobado que se espabile.

Me contó que se iba a Madrid en 45 minutos y que prefería no hacerlo sin el móvil.

– ¿Cuánto le debo por la llamada, señorita?

Le dije que nada, y me fui a desayunar.

Era uno de esos viajes donde voy encadenando transportes, sin tiempo para avisar a nadie de que paso por ahí. Al llegar a Porto, tomé un taxi. Tras negociar la tarifa, me subí detrás y la puerta no quiso cerrarse. Tres minutos después, estaba rodeada de taxistas que se pasaban las herramientas y se choteaban de mi conductor en portugués con acento del norte.

– La chiquilla tendría que grabarnos y esta noche somos todos famosos en el Youtube – dijo uno. En mi foro interno le agradecí lo de chiquilla (menina).

Al final, cerraron la puerta con el método tradicional (a hostias) y pude llegar a mi reunión.

De Oporto para Rennes

Al día siguiente, tras dos horas de colas infinitas y otras dos de vuelo (gracias Transavia) aterricé en París. Lo primero que hice fue pegarle una llamada a una colega en Galicia. Al escucharme hablando en español, un chico se acercó a mí.

– ¿Sabes llegar al centro de París desde aquí?- me dijo, con acento mexicano.

– Pues no estoy acostumbrada a hacerlo desde Orly Sud, pero voy para allá, veníos (eran dos) conmigo.

Hablando de viajes, encontramos el metro. Por el camino les fui explicando en qué barrio buscar hotel, cómo funcionaba el metro y qué parada es la central de París. En uno de los cambios de transporte, me agradecieron el gesto.

– Es que menuda suerte dar contigo, justo alguien que quiere ayudarnos y además habla español.

– No te creas que es suerte, siempre me toca. Estoy acostumbrada a que me pasen estas cosas.

Aún no había acabado de decir “sas” que un señor me tocó en el hombro.

– Perdone señorita, ¿me podría indicar si este metro va para el centro? No veo la parada en el panel.

– Sí señor, nosotros también vamos allí. Si se fija en la línea del medio, están todas las paradas centrales.

Mis compañeros de viaje se echaron a reír.

La próxima vez iré con el paraguas levantado y un cartelito que ponga “Orientación en varios idiomas.”