Ya no quedan enemigos como los de antes

Hace poco contaba mi frustración respecto de pseudoescritores y pseudocríticos literarios  que desde la visión estándar se permiten desautorizar estilos y recursos. La clave está en esa “versión estándar”, en lo que tiene que ser mediocre para ser aceptable. Debido a la sociedad consumista en la que nos movemos, donde se anula el yo, por peligroso, cualquier cosa que se salga de los cánones de Sálvame y otros foros intelectuales de gran calibre no es aceptable.

¿A qué me refiero con enemigo? Permitidme una metáfora futbolística. ¿Os parece Pepe del Real Madrid un buen futbolista? Sin embargo, a hachazos, realiza su rol en el engranaje. Pues lo mismo sucede hoy en día con las enemistades, las rivalidades y los antagonismos.

Sea en el deporte, en la literatura, en las películas o en el café de las cinco, los enemigos ya no son como los de antes. Uno de mis autores favoritos, el húngaro Sándor Márai, mantiene la tensión en el intenso cuasi monólogo de El último encuentro a través de una enemistad. Los que hayáis leído el libro me diréis: Son amigos. Sí. Nada más profundo que el antagonismo ente dos personas unidas por fuertes lazos.

Un enemigo, un rival, un antagonista, debe provocar sentimientos encontrados, duda, cuestionamiento de uno mismo, rabia y dolor. Un enemigo tiene que desafiar el alma, angustiar el espíritu,  y sumergir en la zozobra. Un buen enemigo retuerce tu corazón con las agujas del destino.

Los de hoy se limitan a señalarte que no eres perfecto, sin argumentos ni razones.

De un buen enemigo, puede salir un libro, como el de Márai, una saga, como Canción de Hielo y Fuego o incluso una religión. Con los enemigos de hoy en día, no me da ni para escribir un sms